martes, 25 de octubre de 2011

La chica de la ferretería (V)

Al invierno sigue la primavera y luego el verano. El otoño luego se lleva toda esa explosión de vida y cualquier vestigio de ella es rematado por la crudeza de un nuevo invierno. Montados sobre la rueda que captura fuerzas de un río y pone en marcha a un molino, a veces nos paramos sobre la cubeta más alta y otras tantas nos sentimos sumergidos en abismos inundados. Temer subir a la cima porque luego todo lo que nos queda es bajar es, fue y será, a mí entender, la frontera que separa el país de los cobardes sin memoria del de aquellos que protagonizan las grandes historias. Y como más allá de cualquier apreciación cuasipoética no puedo escaparle al tiempo que ocurre ni a la traslación elíptica de nuestro planeta La Tierra alrededor del Sol, ese invierno terminó.

Los nuevos días de vida crecieron, pasando de la tibia timidez al calor de la confianza asegurado por un brillo espeso que se escurría entre las copas de los árboles para alcanzar el suelo con la forma de miles de bolitas de luz. Cada mediodía me encontraba acariciado por ellas, apurado por llegar a mis clases de algoritmos; cada tarde, con el día muriendo rojo a miles de millones de kilómetros, volviendo a mi casa. Pero cada segundo me descubría en falta pensando en la chica de la ferretería.

Había desaparecido. Luego de esa tarde de chocolatada y peste no la había vuelto a ver. Pasaron los días, desconfié de la casualidad de cruzarla y fui a buscarla a su casa. Me atendió su hermano: "Ah, mirá, se volvió para el centro porque empezó a cursar de nuevo". Apelé a dar vueltas los fines de semana por el barrio, aferrado a la idea de que en algún momento tenía que volver a su casa, a buscar algo, lo que sea; pero la idea me demostró no tener contacto con la realidad tanto como las señoras que, al verme merodear con frecuencia, empezaron a sospechar si no estaría tramando algún gran atraco a sus casas.

Ahí me veía, entonces, entre teoremas, demostraciones y estructuras de datos, donde la única conclusión o solución óptima era ella. Ella y su bigote de chocolatada. Ella y su campera rosa chicle. Ella, el único color contrastando contra el gris helado tras la ventana. "Si f(a) < 0 y f(b) > 0 y f es continua entonces existe c tal que sos lo más hermoso que existe en mi universo, chica de la ferretería, aparecé por favor".

Los lunes me planteaba olvidarme; no la iba a volver a cruzar, no tenía sentido seguir así. Los martes fallaba. Los miércoles decidía buscarla; tenía que haber alguna forma e iba a descubrirla cueste lo que cueste. Los jueves me podía el desatino, los viernes desesperaba. Los sábados eran insoportables. Pero, ay de los domingos, donde despertarse significaba ver morir cada instante de la manera más cruel, en una agonía dilatada hasta la tortura. Y esas tardes, a veces teñidas de doscientos cincuenta mil colores, dibujándola sobre la nada para verla al perder la mirada y sufrirla.

Fue un domingo el día en que decidí alejarme de todo esto. Fue un domingo irónico y burlón el día en que alejarse significó acercarse.

Con mis artículos de superviviencia extrema cargados en la mochila -lo inesperado merece ser esperado-, salí de mi casa. Me subí a un micro y me dejé arrastrar por el destino. Media hora más tarde el aire dulce del bosque, mezcla de eucaliptos con garrapiñada y pochoclo me ordenó bajar y caminar por ahí. Particularmente por la garrapiñada, quien me arrastró tomándome de la nariz hacia ella, sólo para tentarme y defraudarme al descubrir que mi mochila de sobreviviente guardaba todo menos lo fundamental en este mundo material: dinero. Entonces me apresuré a explorar todos los rincones, en parte porque era mi plan, en parte para escapar del padecimiento goloso.

Caminé entre algodoneros y monumentos, alrededor de lagos y a través de grutas. Vi niños sacar criaturas monstruosas de las profundidades y alardear por su captura frente a otros. Recorrí caminos, subí y bajé escaleras, tomé fotos a turistas. Alcancé pelotas y admiré a los sátiros obrar con doncellas en las penumbras. El sol fue destronado del reino del mediodía y comenzó a derrumbarse, sangrando rayos cada vez más débiles. La tarde espantó a las muchedumbres y el silencio poco a poco volvió a instalarse. De alguna manera sediento de toda esa tranquilidad, necesaria para que florezcan mis ideas y abordar determinaciones, intenté hacerme lugar al pie de un árbol. Acomodarme me llevó a practicar las más extrañas posiciones, cada unas más cercana al fracaso rotundo. Y así es como la vi. Una turbulenta cascada de pelo rubio, a lo lejos, cayendo sobre una remera turquesa. Una figura quieta, concentrada sobre un cuaderno. "Es la chica de la ferretería". Salí disparado como un cohete al infinito, sin meditar nada.

Me paré justo delante de ella, donde pudiera verme. No logro imaginar aún cuál habrá sido mi expresión, una mezcla agitada de sorpresa con esperanza. Con querer que nunca se escape, con hacer lo correcto, y estar ahí y ser, y verla y tener la constancia de que existe.

- Hola. - disparé.

Pareció desconectarse de sus notas en el cuaderno.

- Hola. - respondió.

Y pude ver en su cara una transformación. Cómo la nada dejó lugar a algo, cómo ese algo encendió esos ojos increíbles con sonrisas. Fue el empujón para arrojarme al precipicio, donde volar o estrellarme valían por igual. Nunca más quería privarme ni de su cara ni del aluvión de felicidad con el que me llenaba cada gesto, cada palabra, cada movimiento que hacía. Mi necesidad de determinaciones se redujo a una conclusión: ella y nada más que ella.

- ¿Qué... andás haciendo por acá? - me preguntó.

- Vine a caminar un rato, tirarme, despejarme un poco de la vida tal vez. También quería aprovisionarme con un paquete de garrapiñadas, pero llegué al puesto y descubrí que no tenía plata, así que no me quedó otra que quedarme con las ganas de eso.

- Sí, yo hago lo mismo. Me gusta venir acá, sentarme y dejar volar lo que se me ocurre. Capaz volcar algo de eso en el cuaderno. Y no te voy a dejar con ganas de garrapiñadas. - dijo mientras sacaba un paquete de su mochila, tirada a un costado sobre pasto seco.

- ¿Estás escribiendo algo en concreto o sólo anotás cosas? - le pregunté.

- Un poco de cada cosa. Si querés podés sentarte acá al lado mío, aprovecharte de mis garrapiñadas y te muestro, ¿dale? - invitó.

Caminaba sobre nubes, esas nubes que aletargan los pasos y nos hunden, agotando los músculos y obligándonos a rendirnos a la caída para ser atajados por el abrazo que anhelamos. El árbol reclamado por la chica de la ferretería era perfecto para sentarse y compartir. Me contó sobre sus historias: personajes de la China, torres que nadie quiere visitar y viejos que aconsejan. Le comenté sobre cosas que me gusta escribir y charlamos acerca eso hasta que se hizo de noche.

- Bueno, está medio oscuro ya. ¿Vamos? - me dijo.

- Dale. ¿Vivís por acá o te tomás algún micro? - pregunté.

- No. Vivo acá. - dijo decidida. Cortó un pedazo de papel de su cuaderno y lo guardó en el bolsillo derecho de mi campera.

- Si bien no le doy mucha bola, este es mi teléfono. - Cortó otro pedazo de papel de la misma hoja y lo guardó en el otro.

- Y si alguna vez querés escribirme para lo que sea, algo que sería genial, este es mi correo. - Cortó un último trozo, me agarró del brazo y lo encerró dentro de mi mano izquierda. - No lo pierdas. - agregó.

"¿Cómo lo podría perder?", pensé.

- Ahora sí... ¿vamos? Hoy me vuelvo a mi casa, mañana no curso y quiero aprovechar para buscar unas cosas desde temprano. - dijo. - Lo que significa que, excepto que te hayas mudado, no te queda más alternativa que viajar conmigo.

"¿Cómo no voy a querer viajar con vos?".

Nos escabullimos por las calles oscuras que nos separaban de la parada del micro. De pronto me sentí protagonista de una aventura en otros tiempos, en otras circunstancias, en otros contextos.

- Todo esto es como el reflejo de algo más tenebroso, ¿no te parece? Me refiero a la calle, la luz anaranjada, los edificios. - le comenté.

- Sin lugar a dudas, es divertidamente espantoso. - respondió.

Afortunadamente -en realidad no, me hubiera gustado caminar diez mil millones de kilómetros y estar doscientos milenios con ella- la parada estaba cerca y el micro no tardó en llegar. Subimos, estaban prácticamente todos los asientos libres con la excepción de uno ocupado por un señor muy anciano, cerca del conductor, y otro por un muchacho hipster que escuchaba música muy fuerte. Nos sentamos en los asientos de par del fondo, justo por delante de la puerta para bajar.

- Me encanta estar en el bosque. Tirarme en el pasto e imaginar que soy yo quien deja que la vida suceda, o sentirme por encima de las cosas y contemplar cómo transcurren. - dijo, quebrando el silencio.

- Es genial despegarse de todo o, por lo menos, arrojarse a la ilusión de que es así. Yo no vengo seguido acá, hoy particularmente me dieron muchas ganas porque necesitaba pensar. - le respondí.

- ¿Fuiste a pensar en algo en particular?.

- Sí. Es tonto que lo comente, pero quería buscar la forma de sacarme una idea de la cabeza que me viene dando vuelta desde hace semanas. Y al final resultó darse todo de una manera bastante extraña.

- Las cosas evolucionan de las maneras más extrañas. Siempre. A veces está bueno dejarlas ser, pero otras tantas, quizá la mayoría, vale la pena empujarlas un poquito para que sean. Por ejemplo, yo no hubiera imaginado nunca que vos, que de chiquito ibas colgado de la pierna de tu papá a la ferretería, hoy ibas a estar acá sentado conmigo. Ahora, ¿se puede saber cuál era esa idea de la que te querías alejar? - contó.

No lo pensé dos veces, ni siquiera una, y lo dije, a todo o nada.

- La idea de volver a verte. Todas las veces que te encontré, de una u otra forma, fueron increíbles para mí. Desde hace semanas estoy pasando por tu cada o caminando por ahí esperando cruzarte, porque quiero eso, quiero lo increíble de cambiar dos palabras con vos, pero no tuve suerte. Incluso fui a tocarte el timbre, pero ya te habías vuelto a mudar al centro me dijeron. Entonces me dije, que bueno, que capaz lo mejor era sacarme todas esas ganas de cosas de encima y dejar que sea lo que deba ser. -

- Es curioso que lo digas, conozco a alguien que le pasa algo bastante parecido. ¿Te gustan los trenes? A mí me gusta mucho la sensación de estar en ningún lugar fijo, mirar, escaparme. - respondió.

- Sí, he ido a dar algunas vueltas en una que otra oportunidad.

- Genial.

Los diez minutos que nos separaban del final del viaje transcurrieron en silencio. Mejor dicho, el silencio de la reflexión, de pensar en lo que uno dijo, lo que uno piensa, lo que dijo el otro. Bajamos a dos cuadras de nuestras respectivas casas y al estar ahí con ella pude ver, sobre esas mismas calles, imagenes, como películas, de otros tiempos. Me veía caminando solo, algún mediodía, esperándola, y sin embargo ahí estaba conmigo, pisando mis mismas huellas, y era todo tan maravillosamente irreal que no sabía cuándo iban a despertarme.

Llegamos a la esquina de la farmacia, donde nuestros caminos se dividían. La chica de la ferretería se quedó parada, pensando, como intentando decir algo.

- ¿Tenés algo que hacer el viernes? - preguntó.

- No, ¿por? - respondí.

- Por nada en particular. Sólo tratá de mantenerte desocupado ese día. Todo el día. Después te digo el porqué. -

Al terminar de decir esto, me abrazó y me dio un beso muy fuerte en la mejilla.

- Ni bien llegues a tu casa, escribime. Pero escribime nada. Es importante. Y... nos vemos luego. - se despidió. Acto seguido, se fue corriendo hacia su casa.

Quedé parado en la nada. ¿Qué querría? ¿Qué tendría en mente? ¿Por qué lo del viernes, por qué el abrazo, por qué todo? No, no debía preguntarme nada. "Las cosas evolucionan de las maneras más extrañas". Sólo eso. Caminé los últimos cincuenta metros hasta mi casa con la mente en blanco. Le escribí "nada", como me había pedido y me tiré en la cama. Esa noche me visitaron árboles, garrapiñadas, pasto, cuadernos, sol y, por sobre todas las cosas, ese calor en el pecho de sentirse lleno.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sobre cumplir años

Es algo pasajero, a la semana o dos de que se pase la fecha se va un poco este sentimiento, pero no del todo. Y es que no es 'querer pasar las misiones con trampa', como dicen algunos, sino simplemente añorar ese brillo de los más tiernos años, cuando uno tenía la esperanza de encontrar un poco más de magia en el mundo y no meras ilusiones de cartulina, cuando agarrar una mochila e ir con un grupo de compañeros inseparables a entrenar pokemons era posible, o un día te iba a llegar la carta invitándote al Colegio de Magia y Hechicería, o un Señor Oscuro iba a asolar la región y uno formaría parte fundamental de la resistencia en batallas larguísimas y épicas.

Una parte muy importante de mí se desprende con las varitas mágicas, los anillos, las espadas que estuvieron rotas pero fueron reforjadas, los valientes de la Tercera Edad, la comunidad del Universo dejando fluir la Fuerza, los personajes de la China eterna o la chica de la ferretería que me sonríe cuando le compro una T para cable coaxial, y me es inevitable sentir que a medida que todo esto se diluye me voy transformando en todo aquello crudo y vacío que siempre desprecié, pero no puedo hacer nada, las ilusiones se me escapan de las manos como agua entre los dedos.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Qué, quién, cómo

Qué decir sino que no te vi llegar. Quién sabría que esa plaza, esa feria, ese pasillo configuraban el portal bajo el que al fin te conocía. Y cómo anticipar que podías existir, cómo prever que una tarde entre charlatantes traficantes de chucherías y alcahuetes del destino te me ibas a subir de la cabeza para ya nunca querer dejarte bajar. No sé si fue tu brillo natural bajo la luz débil de aquel sol de otoño, o las hojas doradas coloreando el contorno de cada una de las curvas que te definen, tan firmes como delicadas, lo que me deslumbró al verte, o siquiera si son importantes. Pero tengo la certeza de tus caricias, una afirmación de suavidad y determinación con la que lograste inmiscuirte incluso en mis pensamientos, destruyendo muros, derribando todos mis prejuicios monolíticos y nutriéndome con el sabor de tu paso tempestuoso sobre mí. Y sobre todo me recuerdo desnudo; esa magnífica desnudez, primero tímida, luego cómplice, a la que me invitaste con cada uno de tus rasguños, arañándome la cordura y venciendo las defensas de la guarida de mi yo esencial para inundarme con las aguas ignitas perfumadas de placeres y éxtasis. O la dulzura de tus abrazos cuando una noche manchada de estrellas de satisfacción caía sobre nosotros para envolvernos e invitarnos a jugar en el refugio del silencio, donde cada textura, las tuyas y las mías, orquestaban un concierto de sensaciones tácitas.

Algún día, cuando nos volvamos viejos, todo lo que hoy es no será más que un recuerdo. El tiempo que nos corroe nos robará el brillo y nos oxidará hasta pulverizarnos. Sin embargo, para entonces serán fuerte las raíces del árbol que hoy, apenas una semilla, decidimos sembrar. Y los pétalos de sus flores, arrastrados por el viento de algún otoño futuro, escribirán sobre el verde un mensaje de mil colores: te quiero, masajeador capilar.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Nota sobre las Furias

En el mundo Oscurantista no existen seres más sufridos y crueles que aquellos denominados Furias. Estas criaturas miserables, demacradas en alma y esencia, encuentran en el sufrimiento ajeno un leve atisbo de consuelo a su condena. Su corazón ya no alberga remordimientos; en su totalidad se encuentra repleto de la negrura asoladora de los recuerdos tristes.

Las Furias, a diferencia de otros Oscurantistas, no llegan a serlo por deseo propio sino por lo adverso del destino. Víctimas de pérdidas irreparables, desmanes sociales y aberrantes maltratos sentimentales, las Furias se gestan a lo largo del tiempo destruyendo toda existencia de bienestar en su interior, sumiéndose en un letargo doloroso del que sólo la muerte indulgente los libera.

Lamentable es vivir sin un rumbo y a ciegas, pero más penoso es hacerlo sabiendo que lo único bueno puede ser el fin.

miércoles, 7 de julio de 2010

El 'cómo' con las chicas

A medida que uno profundiza en el estudio de ciencias nobles y útiles como la matemática, la física y la astronomía, dejando de lado todo aquello considerado por la plebe como 'cool', léase el cine de bajo presupuesto, la literatura prefabricada o la fotografía de guerrilla urbana, las consecuencias comienzan a hacerse evidentes no solo en el plano físico sino también en el social. Dicho esto, cabe aclarar que lo primero funciona como agravante de lo segundo, lo que termina de configurar un cuadro donde el infeliz se cree el héroe agobiado pero en realidad no es más que un goblin deforme condenado por mérito propio al desprecio general.

Esto no es de importancia para el sujeto en cuestión excepto cuando entran en la ecuación las incógnitas menos esperadas: las chicas. El tablero, ahora plagado de peones de buenas curvas, esbeltos alfiles y yeguas desaforadas requiere del planteo de una nueva estrategia. Nuestro jugador, ducho en mañas, se siente como pez en el agua en tanto ignora lo imprecedentes y erráticos que pueden ser los movimientos de las piezas en juego.

¿Cómo encarar una situación así? De momento, tengo en mente dos estrategias. Convengamos que nuestro punto fuerte es la lógica, y es por eso que DEBEMOS utilizarla.

Estrategia Nº1:

Todos conocen el clásico juego de palabras "Juan y Pinchame se fueron al río...", la clave está en saber utilizarlo a nuestro favor.

Uno se acerca a una dama y le propone: "Juan y Rompeme se fueron al río. Juan se ahogó, ¿quién quedó?" Si la chica en cuestión es lista, dirá "Rompeme", lo que nos habilita a hacer gala de nuestros dotes de sátiro. Si dice "Juan", evidentemente es idiota, podemos propasarnos con ella todo lo que queramos sin que se entere siquiera.

Estrategia Nº1, version 2:

Esta modificación es un jueguito que salió a última hora. Siguiendo la estructura del punto anterior, vemos que nuestras intenciones para con la señorita pueden quedar al descubierto en primera instancia, algo digno de llevarse varios carterazos, trompadas de algún novio celoso y, por qué no, un par de tiros de un hermano con pocas pulgas. Nosotros somos astutos, esa es la carta a la que debemos apostarle todas las fichas: usémosla bien.

Formulamos un acertijo tramposo: "Juan y Te rompo todo se fueron al río, Juan se ahogó, ¿quién quedó?". La mujer con un par de luces dirá "Te rompo todo", lo que en primer lugar podríamos tomar como una propuesta. Pero no conformes con esto, visto que es difícil que la iniciativa provenga de la víctima, nos mostramos confundidos y requerimos que nos corroboren preguntando: "¿Te rompo todo?". Ella, engañada por el flujo de la charla, dirá "Sí." ¿Qué más debo agregar? ¡Manos a la obra!

Estrategia Nº2:

Básicamente es una cuestión de lógica. La propuesta debe plantearse en una dicotomía que la vuelva innegable. Por ejemplo:

"Muchacha: si dices 'Hazme tuya.', quieres decir que no te haga manifiestas mis más nauseabundas perversiones. De lo contrario, si no dices nada o dices cualquier otra cosa, es porque quieres que te haga mía."

Ante la primera respuesta podemos asumir que la jovencita pronunció sus más profundos deseos, consecuentemente nos abalanzamos sobre su dote. En el caso opuesto seguimos lo pautado por el planteo original, es decir, comeremos carne de la buena. Tanto en uno u otro caso dimos la posibilidad de elegir (?).

NdA: hablar en español neutro con las mujeres ayuda, créanmenn.

miércoles, 9 de junio de 2010

Nawn! Ob-i-torii. (ii)

- ¡Correte! - gritó Alejandro al toparse con el muchacho de pulóver rojo que intencionalmente se interponía en su camino.

- Me parece que salir corriendo luego de lo que acaba de ocurrir no es lo más sensato. Te puedo ayudar si eso querés. - le respondió. Alejandro pudo ver en el rostro de contraparte que el ofrecimiento era auténtico. No parecía poder existir maldad alguna en esos ojos oscuros y tranquilos que lo miraban. Aún así, el odio, la violencia y el miedo que lo invadían lo obligaron a rechazar la oferta groseramente.

- Lo único que me interesa en este momento es llegar a mi casa, y rápido. Dejame pasar. - lo increpó mientras desviaba la mirada hacia el suelo y apartaba hacia un lado al chico de rojo.

- Bueno, si es lo que querés... -

Alejandro siguió caminando con paso apresurado. La cabeza le daba vueltas, no entendía lo que había ocurrido y en su desentendimiento los hechos se le volvían distantes. ¿Por qué no llegaron a golpearlo los automóviles? ¿Contra qué habían chocado? ¿Qué los destruyó?

Las sirenas de la policía comenzaron a escucharse a lo lejos. Seguramente alguien iba a alertarlos sobre él, en cualquier momento los iba a tener encima, era inevitable. Llegar a casa se volvía imposible, eran varios los kilómetros que lo separaban de ella y transitarlos a la carrera con las fuerzas de seguridad pisándole los talones era aún peor. Intentando una suerte de fuga comenzó a doblar en esquinas al azar; quizá así encontrarlo sería más difícil.

'Quiero llegar, necesito llegar', pensaba Alejandro para sus adentros.

Sabía que era imposible, y aún así lo ansiaba con todas sus fuerzas. El deseo se intensificón cuando vió a un patrullero irrumpir en la cuadra por la que iba transitando, pero... ¿qué cuadra? Los lugares le resultaban extrañamente muy familiares. ¡Era la cuadra de su casa! Sólo unos pocos metros más e iba a estar a salvo.

Al llegar a la puerta intentó coincidir la llave con la cerradura y abrirla, pero no hubo caso, algo no funcionaba como era debido. Sintió al patrullero aminorar la marcha. De seguro si actitud era sospechosa, estaba siendo demasiado evidente y no encontraba otro modo de entrar a su hogar.

El pánico hizo presa de él cuando la sirena dejó de oirse para dar lugar a dos portazos metálicos y pasos con botas sobre el asfalto. A modo de reflejo, siguió sus instintos. Deslizando su mano sobre la cerradura, pensó para sus adentros: 'Nawn! Ob-i-torii.' Escuchó con claridad el movimiento de los mecanismos de la cerradura y la puerta se abrió sin problemas.

Se apresuró a entrar y cerrar. Apoyó la espalda sobre una de las paredes del pasillo del ingreso y se dejó caer mientras un suspiro de alivio escapaba de su interior.

- Lograste llegar, Montesinos. Vení, tenemos varios temas para charlar. - le dijo una voz profunda desde la otra punta del corredor.

lunes, 31 de mayo de 2010

ie'vilá Phaolteria!

El profesor apenas iba por la primera mitad de la lista cuando josephine tomó sus cosas y se levantó del banco para marcharse a su casa, donde esperaba encontrar el descanso tan añorado desde la mañana. Con destreza singular logró esquivar a cada uno de los compañeros de curso que la separaban de la salida. Estaba agotada, las clases se le habían hecho insoportablemente largas y aburridas; todo lo veía demasiado obvio, la repetición le hartaba hasta cansarla.

Bajó apurada las escaleras hacia la planta baja y atravesó el portal a la calle mientras enganchaba los últimos botones de su piloto de paño oscuro. El frío le golpeó duramente en las mejillas. Pudo identificar con precisión el momento en su nariz comenzó a entumecerse; para resguardarse sacó una bufanda violeta y mullida de la mochila. La espumosa protección fue complementada con la capucha del abrigo. Negro, violeta y con las manos en los bolsillos encarón con paso acelerado las dos cuadras hasta la parada del micro, dejando a la intemperie sólo dos mechones de pelo amarillo que no permitieron ser ocultados.

La humedad de los últimos días había sido insoportable. El cielo se mantenía despejado y limpio y aún así las calles parecían haber soportado un intenso aguacero. Sola en el refugio de fierro esperó. Diez minutos fueron suficientes para que su colectivo apareciera, vacío, como era costumbre a esas horas, haciendo el viaje más largo de lo que ya de por sí era.

Sentada en uno de los últimos asientos individuales cedió al agotamiento y desplomó un costado de su cuerpo sobre la ventana. La vista se le perdió en el exterior y en las estrellas. 'Están ahí, pero quizá no estén ahí en realidad. Si tan sólo alguien pudiera alcanzarlas.', pensó. Segundos después perdió la noción de todo lo real y vivió un sueño mezclado con las ecuaciones de sus estudios, la inmensidad de todo y lo acotado de su existencia.

Logró despertarse a tiempo para bajar en su parada, como era habitual. Las pocas cuadras que le quedaban para llegar a casa le recordaron lo mucho que le gustaba escapar de ella. No fue la excepción.

Apenás abrió la puerta los pulmones se le inundaron con el aire rancio del abandono. El frío despiadado fue espantado por la violencia de la discusión diaria entre sus padres. Hizo oidos sordos y pretendiendo no existir se escabulló en su habitación. Apenas había dejado su mochila sobre la cama cuando el incendio le alcanzó. Su madre abrió la puerta de un portazo para hacerla partícipe del lagrimeo hipócrita que los dichos de su padre le generaban, mientras que el otro orquestaba el batifondo de incoherencias con insultos y amenazas. Distanciándose del conflicto, josephine optó por no responder.

La negación desencadenó, irónicamente, desesperación en la mujer e ira en el hombre. De pronto la discusión que le era ajena se transformó en un cuestionamiento inquisidor sobre sus maneras, su supuesta despreocupación por todo, su pelo desprolijo y demás sinrazones. No lo soportó mucho; con un tajante '¡Basta!' abandonó su cuarto dejando atrás los lamentos de una y las acusaciones de otro.

Corrió sin recordar el clima adverso hacia el patio, trepó las rejas de una de las ventanas y se sentó, sola, sobre la chapa helada del techo. Se sentía cansada en el cuerpo, en la mente y en el corazón. La presión de vivir cada segundo de esta manera la llevó a lo más profundo de la tristeza, que se vió reflejada en pequeñas gotitas escapando de sus ojos azules. Varios minutos pasó sentada dejando caer lágrimas y limpiándose la nariz con las puntas del pelo. El sueño que sentía se intensificó con el llanto, pero bajar a la casa a dormir no le resultaba una opción válida.

Se acostó sobre el canto de una medianera, proyectando su mirada al infinito y siendo un astro más en la noche con rayos de cabello dorado desparramados en la inmundicia de la construccion. Recordó parte de su sueño en el viaje a casa, y volvió a pensar en las estrellas. Los ojos, inmersos en el resplandor gélido de cada una de sus amigas nocturnas volvieron a cargarse de agua, esta vez teñida de impotencia.

Quería estar ahí. No importa donde, ahí. Ser única e irrepetible, brillar siempre y regalar luz a quien la pidiera. Era tan lejano, infantil e irrelevante lo que le pasaba que se sintió mal consigo misma por aferrarse a imposibles, por despegarse del materialismo lapidante del mundo en busca de soluciones. Al instante lamentó haberse traicionado y abrazó con más fuerza los sueños en su mente. El agotamiento extremo forzó la caída de sus párpados y la dejó abandonada en la espesura de la noche.

...

El viento se sintió inusualmente fuerte y limpio cuando le golpeó la cara y atinó a arrugarle el piloto que la protegía. Abrió los ojos y se encontró rodeada de oscuridad. Delante, detrás, a los costados, arriba... y debajo encontró una inmensidad de destellos. Luces de ciudad. Estaba volando.

...

La adrenalina del sueño la despertó con un espasmo que la hizo caer de la medianera. Se golpeó duramente al aterrizar sobre su hombro derecho. Nada más representativo para volver al mundo real.

Aún era de noche, aún brillaban las estrellas en el cielo y aún detestaba tener que volver a la casa y participar del calvario que le significaba vivir en una rueda de sometimiento y maltrato. No, esa vez iba a ser diferente.

Con sigilo subió nuevamente a la medianera y caminó hasta su límite sobre la calle. Y con la nada delante decidió dar el paso inicial en la escalera de los sueños que la mantenían con vida. Su cuerpo se precipitó rápidamente contra el suelo.

'¡No! ¡No puede ser! ¿Qué sentido hay en existir donde lo que es es menos de lo que soñamos y lo que pensamos no puede existir?' pensó mientras caia.

'¡NO LO QUIERO!'. Y en su interior el corazón le comenzó a arder.

Fue antes de estrellarse contra el empedrado cuando su conciencia estalló.

¡ie'vilá Phaolteria!

La punta de goma de sus zapatillas tocaron con suavidad el piso húmedo y actuaron como una lanzadera al cielo de josephine. Ya no era un sueño: el viento le recorría cada ángulo de la cara y volaba junto a su cabello con júbilo. La sonrisa volvió al rostro de la chica mientra debajo se extendían casas, caminos, fábricas, arroyos y existencias magras. Voló sobre lo insignificante y se posó sobre las alturas de las construcciones que los mediocres pretenciosos elevaban hacia el cielo.

Su hogar quedó en la distancia y se perdió de vista. Nunca más regresó.