El profesor apenas iba por la primera mitad de la lista cuando josephine tomó sus cosas y se levantó del banco para marcharse a su casa, donde esperaba encontrar el descanso tan añorado desde la mañana. Con destreza singular logró esquivar a cada uno de los compañeros de curso que la separaban de la salida. Estaba agotada, las clases se le habían hecho insoportablemente largas y aburridas; todo lo veía demasiado obvio, la repetición le hartaba hasta cansarla.
Bajó apurada las escaleras hacia la planta baja y atravesó el portal a la calle mientras enganchaba los últimos botones de su piloto de paño oscuro. El frío le golpeó duramente en las mejillas. Pudo identificar con precisión el momento en su nariz comenzó a entumecerse; para resguardarse sacó una bufanda violeta y mullida de la mochila. La espumosa protección fue complementada con la capucha del abrigo. Negro, violeta y con las manos en los bolsillos encarón con paso acelerado las dos cuadras hasta la parada del micro, dejando a la intemperie sólo dos mechones de pelo amarillo que no permitieron ser ocultados.
La humedad de los últimos días había sido insoportable. El cielo se mantenía despejado y limpio y aún así las calles parecían haber soportado un intenso aguacero. Sola en el refugio de fierro esperó. Diez minutos fueron suficientes para que su colectivo apareciera, vacío, como era costumbre a esas horas, haciendo el viaje más largo de lo que ya de por sí era.
Sentada en uno de los últimos asientos individuales cedió al agotamiento y desplomó un costado de su cuerpo sobre la ventana. La vista se le perdió en el exterior y en las estrellas. 'Están ahí, pero quizá no estén ahí en realidad. Si tan sólo alguien pudiera alcanzarlas.', pensó. Segundos después perdió la noción de todo lo real y vivió un sueño mezclado con las ecuaciones de sus estudios, la inmensidad de todo y lo acotado de su existencia.
Logró despertarse a tiempo para bajar en su parada, como era habitual. Las pocas cuadras que le quedaban para llegar a casa le recordaron lo mucho que le gustaba escapar de ella. No fue la excepción.
Apenás abrió la puerta los pulmones se le inundaron con el aire rancio del abandono. El frío despiadado fue espantado por la violencia de la discusión diaria entre sus padres. Hizo oidos sordos y pretendiendo no existir se escabulló en su habitación. Apenas había dejado su mochila sobre la cama cuando el incendio le alcanzó. Su madre abrió la puerta de un portazo para hacerla partícipe del lagrimeo hipócrita que los dichos de su padre le generaban, mientras que el otro orquestaba el batifondo de incoherencias con insultos y amenazas. Distanciándose del conflicto, josephine optó por no responder.
La negación desencadenó, irónicamente, desesperación en la mujer e ira en el hombre. De pronto la discusión que le era ajena se transformó en un cuestionamiento inquisidor sobre sus maneras, su supuesta despreocupación por todo, su pelo desprolijo y demás sinrazones. No lo soportó mucho; con un tajante '¡Basta!' abandonó su cuarto dejando atrás los lamentos de una y las acusaciones de otro.
Corrió sin recordar el clima adverso hacia el patio, trepó las rejas de una de las ventanas y se sentó, sola, sobre la chapa helada del techo. Se sentía cansada en el cuerpo, en la mente y en el corazón. La presión de vivir cada segundo de esta manera la llevó a lo más profundo de la tristeza, que se vió reflejada en pequeñas gotitas escapando de sus ojos azules. Varios minutos pasó sentada dejando caer lágrimas y limpiándose la nariz con las puntas del pelo. El sueño que sentía se intensificó con el llanto, pero bajar a la casa a dormir no le resultaba una opción válida.
Se acostó sobre el canto de una medianera, proyectando su mirada al infinito y siendo un astro más en la noche con rayos de cabello dorado desparramados en la inmundicia de la construccion. Recordó parte de su sueño en el viaje a casa, y volvió a pensar en las estrellas. Los ojos, inmersos en el resplandor gélido de cada una de sus amigas nocturnas volvieron a cargarse de agua, esta vez teñida de impotencia.
Quería estar ahí. No importa donde, ahí. Ser única e irrepetible, brillar siempre y regalar luz a quien la pidiera. Era tan lejano, infantil e irrelevante lo que le pasaba que se sintió mal consigo misma por aferrarse a imposibles, por despegarse del materialismo lapidante del mundo en busca de soluciones. Al instante lamentó haberse traicionado y abrazó con más fuerza los sueños en su mente. El agotamiento extremo forzó la caída de sus párpados y la dejó abandonada en la espesura de la noche.
...
El viento se sintió inusualmente fuerte y limpio cuando le golpeó la cara y atinó a arrugarle el piloto que la protegía. Abrió los ojos y se encontró rodeada de oscuridad. Delante, detrás, a los costados, arriba... y debajo encontró una inmensidad de destellos. Luces de ciudad. Estaba volando.
...
La adrenalina del sueño la despertó con un espasmo que la hizo caer de la medianera. Se golpeó duramente al aterrizar sobre su hombro derecho. Nada más representativo para volver al mundo real.
Aún era de noche, aún brillaban las estrellas en el cielo y aún detestaba tener que volver a la casa y participar del calvario que le significaba vivir en una rueda de sometimiento y maltrato. No, esa vez iba a ser diferente.
Con sigilo subió nuevamente a la medianera y caminó hasta su límite sobre la calle. Y con la nada delante decidió dar el paso inicial en la escalera de los sueños que la mantenían con vida. Su cuerpo se precipitó rápidamente contra el suelo.
'¡No! ¡No puede ser! ¿Qué sentido hay en existir donde lo que es es menos de lo que soñamos y lo que pensamos no puede existir?' pensó mientras caia.
'¡NO LO QUIERO!'. Y en su interior el corazón le comenzó a arder.
Fue antes de estrellarse contra el empedrado cuando su conciencia estalló.
¡ie'vilá Phaolteria!
La punta de goma de sus zapatillas tocaron con suavidad el piso húmedo y actuaron como una lanzadera al cielo de josephine. Ya no era un sueño: el viento le recorría cada ángulo de la cara y volaba junto a su cabello con júbilo. La sonrisa volvió al rostro de la chica mientra debajo se extendían casas, caminos, fábricas, arroyos y existencias magras. Voló sobre lo insignificante y se posó sobre las alturas de las construcciones que los mediocres pretenciosos elevaban hacia el cielo.
Su hogar quedó en la distancia y se perdió de vista. Nunca más regresó.
lunes, 31 de mayo de 2010
jueves, 4 de febrero de 2010
Maia I'Pheria
La envidia es uno de los sentimientos más oscuros y destructivos que puede albergar el corazón de una persona. No sólo provoca malestar en el pobre incauto que le dé lugar, sino que corroe con el tiempo toda expresión de singularidad, del propio ser. Lo que llamarías "lo mío" pasa a ser "lo del otro", "lo de ellos".
La flagelación total del yo desemboca, finalmente, en un cinismo digno de un psicópata. El odio que el envidioso siente por sí mismo se refleja en su totalidad en el odio que expresa sobre su entorno y, a su vez, le otorga inmunidad emocional para proceder con las acciones que lo acerquen a su cometido.
Los objetos de envidia son infinitos; siempre surge algo más para pretender. Esto da lugar a la terrible que significa el fin del envidioso: o abandona los objetivos con total resignación, o los persigue hasta desintegrarse de todas las formas posibles.
El envidioso que articula las acciones del relato que pasa a ilustrar estas reflexiones se llama David. Es un tipo sin mayores penas o logros, profundamente sumergido en la rutina del profesional que no ha conseguido avanzar en lo suyo y se encuentra condenado a una vida de servicios para aquellos quienes supieron, aparentemente, mover mejor las fichas en el tablero del tiempo. "David, hacé esto.", "David, hacé lo otro.", "David, terminá aquello.", es lo único que los mortales se dignan a decirle.
[falta terminar...]
La flagelación total del yo desemboca, finalmente, en un cinismo digno de un psicópata. El odio que el envidioso siente por sí mismo se refleja en su totalidad en el odio que expresa sobre su entorno y, a su vez, le otorga inmunidad emocional para proceder con las acciones que lo acerquen a su cometido.
Los objetos de envidia son infinitos; siempre surge algo más para pretender. Esto da lugar a la terrible que significa el fin del envidioso: o abandona los objetivos con total resignación, o los persigue hasta desintegrarse de todas las formas posibles.
El envidioso que articula las acciones del relato que pasa a ilustrar estas reflexiones se llama David. Es un tipo sin mayores penas o logros, profundamente sumergido en la rutina del profesional que no ha conseguido avanzar en lo suyo y se encuentra condenado a una vida de servicios para aquellos quienes supieron, aparentemente, mover mejor las fichas en el tablero del tiempo. "David, hacé esto.", "David, hacé lo otro.", "David, terminá aquello.", es lo único que los mortales se dignan a decirle.
[falta terminar...]
domingo, 22 de noviembre de 2009
Nawn! Ob-i-torii.
Esta sería la historia de un muchacho cualquiera sino existieran los fabulosos sucesos que dan color a la anécdota. Sino sucedieran (en el relato), quizá el mundo sería un lugar mejor para existir.
Los detalles irrelevantes -o tal vez no- voy a dejarlos de lado. Supongamos que todo esto ocurrió hace unos treinta años. Supongamos que el protagonista se llama Alejandro, que tiene unos 17 años y que sus días transcurren monótonamente como si de una condena miserable se tratara. Supongamos que vive por inercia en el centro vorágine de mediocridad pero, aún así, ambiciona. Desea con todos sus fuerzas estar por sobre los demás, desde el más primitivo de sus deseos, simplemente por supremacia, y por envidia, y por rencor hacia todos aquellos que le hablan, le tratan y le piensan.
Quiso su línea de tiempo que amanezca un día donde el principal atractivo era pararse a esperar en la cola de un banco, para pagar. Así se ganaba los pocos pesos que luego dilapidaba en estupideces. Despeinado, sucio y mal vestido, faltando a clases, sale a la calle. Bolso al hombro y unos grandes auriculares a modo de tapón, sobre los oídos. El nivel de la música, ensordecedor. Sube al colectivo, saca el boleto y resulta ser el único infeliz que viaja parado. Las viejas que lo miran mal, y él piensa en destruirlas. Un bebé se pone a llorar. Los gritos superan incluso a su música. Lo mira y automáticamente imagina qué satisfactorio sería tirarlo por la primera ventanilla abierta, estamparlo sobre el pavimento y reventado y frito bajo el sol incandescente de esa mañana. Veinticinco minutos después, el viaje motorizado concluye y comienza la travesía a pie.
Diez cuadras por delante. No es tanto, pero tampoco es poco. Para colmo de males, hace muchísimo calor. No importa, maldecir a quienes se regocijan con el aire acondicionado calma a cualquiera. Camina, se ensucia el zapato con excremento de perro, insulta fuerte y odia a todos los perros del mundo. Mejor aún, a todos los animales. Más, a todo lo que parezca o se comporte como animal. Y luego se odia a él, por no poder estar achicharrando las cabezas de todos aquellos que le hacen la vida imposible.
Decide calmarse escuchando el cassette con música 'más pesada'. Cambia la cinta y se aisla en su universo de sonidos apocalípticos. A dos cuadras del banco por recorrer y una esquina por cruzar, comienza a cantar. No se escucha, supone que los demás no lo escuchan y canta aún más fuerte. Los brotes de los árboles le dan alergia, le pica severamente la nariz, se congestiona y vuelve a llenarse de odio. Queda poco, sigue cantando, sigue odiando y sigue caminando sin mirar.
Canta sus fonéticas en algún idioma nórdico. Se acerca a la última esquina.
'meeeeister dan doooooorm.'
No ve que el semáforo está en verde.
'eniel avs toooornd.'
No ve, no escucha, no siente ni al auto rojo ni al auto blanco que se acercan a toda velocidad.
'oh! dein mi feliiii.'
Logra sentir los bocinazos, pero ya es tarde. A penas dos metros lo separan de las moles de metal desplazándose a varias decenas de kilómetros por hora. Su cerebro sólo reacciona para levantar la mano y bloquear el impacto, como último recurso para la defensa. No deja de cantar, sin embargo.
'Nawn! Ob-i-torii.'
Aquí sucede lo asombroso. De sus manos, un brote de color oscuro parece concentrar todo el aire circundante, conformando un sólido bloque entre los vehículos y el muchacho. Los coches impactan contra este colchón y se detienen bruscamente. Alejandro parece comprender, en milésimas de segundo, lo que sucede. Y odia, odia a los automóviles, odia a los conductores, odia al semáforo, odia al pavimento, odia a los pájaros, a los perros, a las viejas, a los bebés, al día soleado. Vomita todo su odio en la forma de una sustancia negra y espesa, y vuelve visibles a las concentraciones de aire. Se tornan oscuras y macizas, y caen sobre los automóviles, despedazando máquina y personas sin discriminar.
Alejandro da media vuelta y corre sin pensar ni dónde ni cuándo parar.
Cincuenta metros más adelante es detenido.
Los detalles irrelevantes -o tal vez no- voy a dejarlos de lado. Supongamos que todo esto ocurrió hace unos treinta años. Supongamos que el protagonista se llama Alejandro, que tiene unos 17 años y que sus días transcurren monótonamente como si de una condena miserable se tratara. Supongamos que vive por inercia en el centro vorágine de mediocridad pero, aún así, ambiciona. Desea con todos sus fuerzas estar por sobre los demás, desde el más primitivo de sus deseos, simplemente por supremacia, y por envidia, y por rencor hacia todos aquellos que le hablan, le tratan y le piensan.
Quiso su línea de tiempo que amanezca un día donde el principal atractivo era pararse a esperar en la cola de un banco, para pagar. Así se ganaba los pocos pesos que luego dilapidaba en estupideces. Despeinado, sucio y mal vestido, faltando a clases, sale a la calle. Bolso al hombro y unos grandes auriculares a modo de tapón, sobre los oídos. El nivel de la música, ensordecedor. Sube al colectivo, saca el boleto y resulta ser el único infeliz que viaja parado. Las viejas que lo miran mal, y él piensa en destruirlas. Un bebé se pone a llorar. Los gritos superan incluso a su música. Lo mira y automáticamente imagina qué satisfactorio sería tirarlo por la primera ventanilla abierta, estamparlo sobre el pavimento y reventado y frito bajo el sol incandescente de esa mañana. Veinticinco minutos después, el viaje motorizado concluye y comienza la travesía a pie.
Diez cuadras por delante. No es tanto, pero tampoco es poco. Para colmo de males, hace muchísimo calor. No importa, maldecir a quienes se regocijan con el aire acondicionado calma a cualquiera. Camina, se ensucia el zapato con excremento de perro, insulta fuerte y odia a todos los perros del mundo. Mejor aún, a todos los animales. Más, a todo lo que parezca o se comporte como animal. Y luego se odia a él, por no poder estar achicharrando las cabezas de todos aquellos que le hacen la vida imposible.
Decide calmarse escuchando el cassette con música 'más pesada'. Cambia la cinta y se aisla en su universo de sonidos apocalípticos. A dos cuadras del banco por recorrer y una esquina por cruzar, comienza a cantar. No se escucha, supone que los demás no lo escuchan y canta aún más fuerte. Los brotes de los árboles le dan alergia, le pica severamente la nariz, se congestiona y vuelve a llenarse de odio. Queda poco, sigue cantando, sigue odiando y sigue caminando sin mirar.
Canta sus fonéticas en algún idioma nórdico. Se acerca a la última esquina.
'meeeeister dan doooooorm.'
No ve que el semáforo está en verde.
'eniel avs toooornd.'
No ve, no escucha, no siente ni al auto rojo ni al auto blanco que se acercan a toda velocidad.
'oh! dein mi feliiii.'
Logra sentir los bocinazos, pero ya es tarde. A penas dos metros lo separan de las moles de metal desplazándose a varias decenas de kilómetros por hora. Su cerebro sólo reacciona para levantar la mano y bloquear el impacto, como último recurso para la defensa. No deja de cantar, sin embargo.
'Nawn! Ob-i-torii.'
Aquí sucede lo asombroso. De sus manos, un brote de color oscuro parece concentrar todo el aire circundante, conformando un sólido bloque entre los vehículos y el muchacho. Los coches impactan contra este colchón y se detienen bruscamente. Alejandro parece comprender, en milésimas de segundo, lo que sucede. Y odia, odia a los automóviles, odia a los conductores, odia al semáforo, odia al pavimento, odia a los pájaros, a los perros, a las viejas, a los bebés, al día soleado. Vomita todo su odio en la forma de una sustancia negra y espesa, y vuelve visibles a las concentraciones de aire. Se tornan oscuras y macizas, y caen sobre los automóviles, despedazando máquina y personas sin discriminar.
Alejandro da media vuelta y corre sin pensar ni dónde ni cuándo parar.
Cincuenta metros más adelante es detenido.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Ol idil, Imhadril!
Existen aquellos que gustan de pregonar que las ciudades esconden misterios más allá de lo visto por el manto gris del asfalto o lo guardado en el secreto de las baldosas. Sostienen con un fervor pasional que araña los límites de la locura la verdad en la existencia de eventos que exceden al plano material de la urbe y, más aún, revientan las fronteras del ser vulgar y cotidiano, del objeto social.
Yo no soy quien para desmentir a estos predicadores de aventuras, y aún cuando ostentara algún título de gran señor no estoy convencido de querer hacerlo. A veces me cuesta creer lo que veo, y cuando así sucede, prefiero inventarme que todo funciona en base al fluir de brisas coloridas con consistencia musical.
Es la última sentencia la que me recuerda la ocasión que quiero narrar. Volvía del trabajo, como casi todos los días, algo cansado y absorto en un mundo de canciones, caminando por el centro. Ese día en particular se presentaba espantosamente gris, frío y húmedo; a pesar del abrigo, el mal tiempo materializado en la más cruda lluvia lograba penetrar hasta los huesos y hacerlos sufrir. Me apuré a resguardarme en la parada del colectivo y, hecho un bollo contra uno de los rincones, esperé.
Un micro, veinte minutos de viaje, dos cuadras, mi casa, la cama, una frazada abrigada. Claro, el plan era aceptable en tanto se diera inicio a la sucesión de eventos con el primer acontecimiento: la llegada del transporte. Lamentablemente para mí, no pasaron diez, sino quince o veinte minutos de soledad total en la parada, y el desgraciado no aparecía. Entre tanto, busqué entretenimiento en los adoquines de la calle y las porquerías que tira la gente con total impunidad en la vía pública.
Al perder la mirada con la enésima cuenta de los posibles metros que me separaban de la plaza que tenía en frente, vi venir a un vagabundo. Un linyera, como le decimos acá. Un tipo de unos cincuenta y pico de años, con las barbas ralas, desprolijas y harto de roñosas. En la cabeza, un gorrito azul de lana fina; por lo demás, era un aguantadero de ropajes de poca monta: buzos, pullóveres y probablemente dos o tres pantalones. Sobre sus hombros, una bolsa de arpillera color yerba mate y un saco de vestir gris.
El linyera, al cruzar, supo encontrar refugio bajo el techo del puesto de diarios y revistas ubicado estrategicamente sobre uno de los laterales de la parada de micros. Sacó de la bolsa una suerte de almohada horrible y se sentó sobre ella, cubriéndose previamente la espalda con el saco sobre los hombros y dejando el resto de sus chucherías de indigente en uno de sus lados.
El tiempo seguía corriendo, la parada seguía vacía y mi diligencia no acertaba en aparecer. Muerto de frío, de angustia, de hambre y aburrimiento, me volví hacia el quiosco más cercano a mi antro de eterna espera y compré un chocolate. Mediano, aireado, sabroso y reconfortante. Al comenzar a comerlo, me di cuenta que el vagabuno me miraba. No sabía si acercarme y convidarlo o simplemente optar por lo fácil, por ignorar. Tras una breve reflexión, mi espíritu solidario se impuso sobre el dilema y me acerqué para ofrecerle un trozo generoso. El vagabundo, agradecido hasta la conmoción, tomó el pedazo de chocolate realizando algo así como una reverencia y volvió a sentarse sobre su almohadón mugriento.
Ahí fue cuando sucedió la magia. El tiempo pareció detenerse: la lluvia que rebotaba sobre techos y pisos dejó de escucharse, el viento se detuvo y todo ser vivo sobre la faz de la tierra quedó mudo. A mi alrededor podía aún ver vivir y existir a todos y cada uno, en una cámara lenta surrealista. Quien había desaparecido era yo.
El linyera me miró con los ojos embebidos en lágrimas anunciando la sonrisa que ocultaban las barbas. Se acercó el chocolate a la boca y tomó un bocado. Al masticarlo, bajó sus ojos hasta mis pies y los utilizó de punto de partida para examinarme completamente. Fue cuando su mirada cruzó la mía que su expresión se tornó eternamente pacífica y realizando un extraño movimiento con la mano que sostenía la golosina, exclamó:
'Ol idil, Imhadril!'
Su gorro poco a poco fue traduciéndose en miles de millones de partículas que se perdían con el viento. Le siguió su cara y todo su cuerpo, hasta finalmente desaparecer. Sobre la vereda quedó el pedazo de chocolate a medio comer. El tiempo volvió a marchar a su paso normal y mis oidos se inundaron estrepitosamente con los ruidos de la ciudad. Volví al refugio y pude divisar, más allá de la plaza, el alegre paralelepípedo azul-grana que me llevaría a casa.
Yo no soy quien para desmentir a estos predicadores de aventuras, y aún cuando ostentara algún título de gran señor no estoy convencido de querer hacerlo. A veces me cuesta creer lo que veo, y cuando así sucede, prefiero inventarme que todo funciona en base al fluir de brisas coloridas con consistencia musical.
Es la última sentencia la que me recuerda la ocasión que quiero narrar. Volvía del trabajo, como casi todos los días, algo cansado y absorto en un mundo de canciones, caminando por el centro. Ese día en particular se presentaba espantosamente gris, frío y húmedo; a pesar del abrigo, el mal tiempo materializado en la más cruda lluvia lograba penetrar hasta los huesos y hacerlos sufrir. Me apuré a resguardarme en la parada del colectivo y, hecho un bollo contra uno de los rincones, esperé.
Un micro, veinte minutos de viaje, dos cuadras, mi casa, la cama, una frazada abrigada. Claro, el plan era aceptable en tanto se diera inicio a la sucesión de eventos con el primer acontecimiento: la llegada del transporte. Lamentablemente para mí, no pasaron diez, sino quince o veinte minutos de soledad total en la parada, y el desgraciado no aparecía. Entre tanto, busqué entretenimiento en los adoquines de la calle y las porquerías que tira la gente con total impunidad en la vía pública.
Al perder la mirada con la enésima cuenta de los posibles metros que me separaban de la plaza que tenía en frente, vi venir a un vagabundo. Un linyera, como le decimos acá. Un tipo de unos cincuenta y pico de años, con las barbas ralas, desprolijas y harto de roñosas. En la cabeza, un gorrito azul de lana fina; por lo demás, era un aguantadero de ropajes de poca monta: buzos, pullóveres y probablemente dos o tres pantalones. Sobre sus hombros, una bolsa de arpillera color yerba mate y un saco de vestir gris.
El linyera, al cruzar, supo encontrar refugio bajo el techo del puesto de diarios y revistas ubicado estrategicamente sobre uno de los laterales de la parada de micros. Sacó de la bolsa una suerte de almohada horrible y se sentó sobre ella, cubriéndose previamente la espalda con el saco sobre los hombros y dejando el resto de sus chucherías de indigente en uno de sus lados.
El tiempo seguía corriendo, la parada seguía vacía y mi diligencia no acertaba en aparecer. Muerto de frío, de angustia, de hambre y aburrimiento, me volví hacia el quiosco más cercano a mi antro de eterna espera y compré un chocolate. Mediano, aireado, sabroso y reconfortante. Al comenzar a comerlo, me di cuenta que el vagabuno me miraba. No sabía si acercarme y convidarlo o simplemente optar por lo fácil, por ignorar. Tras una breve reflexión, mi espíritu solidario se impuso sobre el dilema y me acerqué para ofrecerle un trozo generoso. El vagabundo, agradecido hasta la conmoción, tomó el pedazo de chocolate realizando algo así como una reverencia y volvió a sentarse sobre su almohadón mugriento.
Ahí fue cuando sucedió la magia. El tiempo pareció detenerse: la lluvia que rebotaba sobre techos y pisos dejó de escucharse, el viento se detuvo y todo ser vivo sobre la faz de la tierra quedó mudo. A mi alrededor podía aún ver vivir y existir a todos y cada uno, en una cámara lenta surrealista. Quien había desaparecido era yo.
El linyera me miró con los ojos embebidos en lágrimas anunciando la sonrisa que ocultaban las barbas. Se acercó el chocolate a la boca y tomó un bocado. Al masticarlo, bajó sus ojos hasta mis pies y los utilizó de punto de partida para examinarme completamente. Fue cuando su mirada cruzó la mía que su expresión se tornó eternamente pacífica y realizando un extraño movimiento con la mano que sostenía la golosina, exclamó:
'Ol idil, Imhadril!'
Su gorro poco a poco fue traduciéndose en miles de millones de partículas que se perdían con el viento. Le siguió su cara y todo su cuerpo, hasta finalmente desaparecer. Sobre la vereda quedó el pedazo de chocolate a medio comer. El tiempo volvió a marchar a su paso normal y mis oidos se inundaron estrepitosamente con los ruidos de la ciudad. Volví al refugio y pude divisar, más allá de la plaza, el alegre paralelepípedo azul-grana que me llevaría a casa.
domingo, 6 de septiembre de 2009
La chica de la ferretería (IVc)
Ahí, con la ventana empañada resguardando la explosión de las gotas, la cara helada por el frío del tiempo pero la panza y el corazón tibio por la taza de chocolate, sentí lo maravilloso de estar ahí con más intensidad. Ver el patio era sólo una excusa para perder la mirada en un sinfín gris y sumerger la imaginación en los torrentes más dulces.
'Ahora ella se acerca, me agarra del brazo y se tira sobre mi hombro'.
'No, se apoya sobre la ventana enfrentándome, sonríe y al son de un te quiero me muerde el cachete'.
La cabeza me daba vueltas, y lo simpático de la situación que vivía me llenaba las venas con un salpicré de estrellitas de colores con olor a frutillas y manzanas.
- Hey, no te me duermas. - dijo, con una sonrisa delineada por un bigote de chocolate.
- Ah, perdón. Es que tus baldosas me hacen acordar a un lugar y no recuerdo bien cuál. - balbuceé, y me apuré a tomar el poco de chocolatada que me quedaba para obligarme a cerrar al boca.
- Bueno, otro día con menos lluvia podés venir y nos sentamos en el patio a recordar todo lo que quieras. Ahora vamos a dejar las cosas en la cocina, si ya terminaste. - agregó ella.
'¿Cómo? ¿Me estaba invitando a volver? ¿Por qué haría algo así? No, momento. Basta de preguntarme los porqué de las cosas; eso ya lo decidí hace rato. Me está invitando y ya. La única reacción que me permito es ponerme feliz por ello.', pensé.
Regresamos a la cocina y dejamos las tazas sobre la mesada, ahora levemente iluminada por las últimas luces del día que se escurrían a través del mosquitero, una vez vencida la lluvia y habiendo quebrado el manto plomizo que nos negaba el cielo.
Ya con las manos libres, ella dió un saltito hacia la mesa y agarró una galletita del tarro.
- Me re gustó tomar la merienda con vos. - pronunció, escabullendo la mirada entre los mosaicos del suelo.
- A mí también me gustó. Tu chocolatada es genial. Y, bueno, ahora me tendría que ir yendo. - le confesé.
Ahora, seamos francos: no me tenía que ir de ahí. De hecho, no me hubiera ido nunca. Los colores, la luz escapando de cada rincón, el olor a patio mojado y, por sobre todas las cosas, ella. Pero ya preveía la situación, y meterme en un bucle de conclusiones y extensiones de la visita no era algo que quisiera hacer.
Me acompañó hasta la puerta de la casa y allí se quedó.
- Supongo que nos vemos luego. - me dijo.
- Probablemente. - y se me escapó, entre la comisura de los labios, una sonrisa. Era imposible ocultar todo lo que me explotaba por dentro. Ella se percató de esto y me despidió con otra sonrisa.
- Chau.
Con un gesto de manos, volví para mi casa.
Había pasado un momento increíble. Lo que había comenzado como un día gris y enfermizo terminó con un cielo anaranjado que luego se llenó de estrellas, y conmigo repuesto y alegre. La chica de la ferretería me había hecho mejor que cualquier brebaje del boticario. Y lleno de color y extasiado, me fui a dormir esa noche reviviendo el sabor a chocolate de una tarde única.
'Ahora ella se acerca, me agarra del brazo y se tira sobre mi hombro'.
'No, se apoya sobre la ventana enfrentándome, sonríe y al son de un te quiero me muerde el cachete'.
La cabeza me daba vueltas, y lo simpático de la situación que vivía me llenaba las venas con un salpicré de estrellitas de colores con olor a frutillas y manzanas.
- Hey, no te me duermas. - dijo, con una sonrisa delineada por un bigote de chocolate.
- Ah, perdón. Es que tus baldosas me hacen acordar a un lugar y no recuerdo bien cuál. - balbuceé, y me apuré a tomar el poco de chocolatada que me quedaba para obligarme a cerrar al boca.
- Bueno, otro día con menos lluvia podés venir y nos sentamos en el patio a recordar todo lo que quieras. Ahora vamos a dejar las cosas en la cocina, si ya terminaste. - agregó ella.
'¿Cómo? ¿Me estaba invitando a volver? ¿Por qué haría algo así? No, momento. Basta de preguntarme los porqué de las cosas; eso ya lo decidí hace rato. Me está invitando y ya. La única reacción que me permito es ponerme feliz por ello.', pensé.
Regresamos a la cocina y dejamos las tazas sobre la mesada, ahora levemente iluminada por las últimas luces del día que se escurrían a través del mosquitero, una vez vencida la lluvia y habiendo quebrado el manto plomizo que nos negaba el cielo.
Ya con las manos libres, ella dió un saltito hacia la mesa y agarró una galletita del tarro.
- Me re gustó tomar la merienda con vos. - pronunció, escabullendo la mirada entre los mosaicos del suelo.
- A mí también me gustó. Tu chocolatada es genial. Y, bueno, ahora me tendría que ir yendo. - le confesé.
Ahora, seamos francos: no me tenía que ir de ahí. De hecho, no me hubiera ido nunca. Los colores, la luz escapando de cada rincón, el olor a patio mojado y, por sobre todas las cosas, ella. Pero ya preveía la situación, y meterme en un bucle de conclusiones y extensiones de la visita no era algo que quisiera hacer.
Me acompañó hasta la puerta de la casa y allí se quedó.
- Supongo que nos vemos luego. - me dijo.
- Probablemente. - y se me escapó, entre la comisura de los labios, una sonrisa. Era imposible ocultar todo lo que me explotaba por dentro. Ella se percató de esto y me despidió con otra sonrisa.
- Chau.
Con un gesto de manos, volví para mi casa.
Había pasado un momento increíble. Lo que había comenzado como un día gris y enfermizo terminó con un cielo anaranjado que luego se llenó de estrellas, y conmigo repuesto y alegre. La chica de la ferretería me había hecho mejor que cualquier brebaje del boticario. Y lleno de color y extasiado, me fui a dormir esa noche reviviendo el sabor a chocolate de una tarde única.
jueves, 11 de junio de 2009
De cumpleaños y velorios
Hay mucha gente que está en mi contra, de eso no hay ningún lugar a dudas. Sea por política, por principios, por conceptos, siempre algún fulano me rema contra la corriente. Existe un tópico, sin embargo, en el cual casi todo el mundo disiente conmigo: los velorios.
Yo siempre digo, ¿por qué diferenciar tanto un velorio de un cumpleaños? Veámoslo de la manera práctica.
En los cumpleaños, entre más ostentosa sea la familia del agraciado, más caras y abundantes suelen ser los canapés. No siempre se da, cuidado: en algunas casas el dinero es proporcional a lo estrecho de las mangas. ¿Y en los velorios? En ellos, entre más plata tenga el finado, más caros y abundantes son los detalles con quienes le honran. Chocolates para levantar el ánimo, café para sostener el velar, algún bocadillo para engañar a la panza. ¿Qué más necesitamos parar currar la tarde?
Otro punto a considerar es el conocimiento sobre el homenajeado. En los cumpleaños, si el tipo tiene guita pero no paga seguridad, se llena de lacras que por un trago y un sanguchito fingen durante varias horas ser hermanos del hijo del tío del sobrino del cumpleañero. Ni hablar si estos parásitos de los festejos se pasan de copas y empiezan a bailar en calzoncillos sobre alguna mesa, con las consecuencias que eso trae en la líbido de las señoras -viejas chotas- concurrentes. ¿Y en los velorios? En estos gratos eventos siempre existe la posibilidad de que se cole algún ñato que con la excusa de ser hermano del hijo único del mejor amigo del muerto se pone a hacer sociales con los presentes presumiendo inexistencias o, si el tipo tiene la cara más dura que un mármol, pedir trabajo o guita prestada. Ni hablar si el pusilánime además de desvergonzado se cree lindo: a cuidarse las hembras en edad reproductiva.
Por último, una divergencia casi filosófica pero no por es menos divertida. En los cumpleaños se atosiga con nimiedades al cumpleañero durante toda la noche, para terminar de hundir su autoestima con el clásico 'Cumpleaños Feliz', los cincuenta segundos más incómodos del año para cualquier mortal que no tenga la sonrisa a pedal y la hipocresía por la estratósfera. ¿Y en el velorio? En el velorio un montón de infelices hacen ronda alrededor del caduco para lamentarse como si en vida les hubiera importado algo. Reemplaza a la vieja que siempre nos cuenta alguna anécdota de la Edad de Piedra en los cumpleaños algún pariente borracho que llora desconsoladamente y golpea el cajón, como si el del jonca necesitara que lo remataran a trompadas. Y de remate, termina todo con la destrucción total, a las diez de la mañana, echando el fiambre de los gusanos; más piadoso que el cumpleaños feliz, sin duda.
Por todo esto, ¡felices velorios para todos!
Yo siempre digo, ¿por qué diferenciar tanto un velorio de un cumpleaños? Veámoslo de la manera práctica.
En los cumpleaños, entre más ostentosa sea la familia del agraciado, más caras y abundantes suelen ser los canapés. No siempre se da, cuidado: en algunas casas el dinero es proporcional a lo estrecho de las mangas. ¿Y en los velorios? En ellos, entre más plata tenga el finado, más caros y abundantes son los detalles con quienes le honran. Chocolates para levantar el ánimo, café para sostener el velar, algún bocadillo para engañar a la panza. ¿Qué más necesitamos parar currar la tarde?
Otro punto a considerar es el conocimiento sobre el homenajeado. En los cumpleaños, si el tipo tiene guita pero no paga seguridad, se llena de lacras que por un trago y un sanguchito fingen durante varias horas ser hermanos del hijo del tío del sobrino del cumpleañero. Ni hablar si estos parásitos de los festejos se pasan de copas y empiezan a bailar en calzoncillos sobre alguna mesa, con las consecuencias que eso trae en la líbido de las señoras -viejas chotas- concurrentes. ¿Y en los velorios? En estos gratos eventos siempre existe la posibilidad de que se cole algún ñato que con la excusa de ser hermano del hijo único del mejor amigo del muerto se pone a hacer sociales con los presentes presumiendo inexistencias o, si el tipo tiene la cara más dura que un mármol, pedir trabajo o guita prestada. Ni hablar si el pusilánime además de desvergonzado se cree lindo: a cuidarse las hembras en edad reproductiva.
Por último, una divergencia casi filosófica pero no por es menos divertida. En los cumpleaños se atosiga con nimiedades al cumpleañero durante toda la noche, para terminar de hundir su autoestima con el clásico 'Cumpleaños Feliz', los cincuenta segundos más incómodos del año para cualquier mortal que no tenga la sonrisa a pedal y la hipocresía por la estratósfera. ¿Y en el velorio? En el velorio un montón de infelices hacen ronda alrededor del caduco para lamentarse como si en vida les hubiera importado algo. Reemplaza a la vieja que siempre nos cuenta alguna anécdota de la Edad de Piedra en los cumpleaños algún pariente borracho que llora desconsoladamente y golpea el cajón, como si el del jonca necesitara que lo remataran a trompadas. Y de remate, termina todo con la destrucción total, a las diez de la mañana, echando el fiambre de los gusanos; más piadoso que el cumpleaños feliz, sin duda.
Por todo esto, ¡felices velorios para todos!
miércoles, 25 de marzo de 2009
La chica de la ferretería (IVb)
La casa era completamente gris, en todas sus tonalidades, como si se tratara de un gran galpón industrial recortado y repartido en habitaciones. Por todos lados se observaban arreglos, refacciones y agregados a las instalaciones. Todo el sitio parecía un gran sistema donde se primaba la funcionalidad y no la estética. Me gustaba eso.
Al pasar por un pasillo pequeño pude apreciar la primer ventana del lugar, permitiéndome asomar a un patiecito interno, largo y angosto, con baldosas púrpuras rasgadas en blanco, bastante viejas y gastadas. Un piletón gigante de azulejos amarillos y negros pendía de la medianera y, sobre ella, varias macetas que arrojaban su verde sobre la pared en forma de hojitas similares a granos de arroz.
- Ahora venimos para el patio, si querés. - me dijo la chica de la ferretería. Mi curiosidad por cada rincón de su hogar habría de ser demasiado evidente.
- Bueno. Me gustan los patios. - atiné a responder.
Más allá del pasillo tenía lugar una pequeña habitación cuya función no me atrevo a describir. Estaba invadida por objetos milenarios, envejecidos y apilados hasta alcanzar el cielo razo. En el medio, intocable, parecía flotar una lámpara de vidrio con una punta de bronce similar a las de los paraguas antiguos.
Pasamos esa habitación y llegamos a la cocina. Había una mesa redonda con dos sillas y una rectangular, mucho más grande, con seis. Todo trabajado en madera de algarrobo. Al final de la mesada que se distribuia sobre la pared a mi derecha, pasando una heladera redondeada y pequeña, había una ventana y una puerta que, por el color predominante tras el mosquitero, parecían ser el portal a un jardín de dimensiones selváticas.
- Sentate donde te sientas más cómodo, yo preparo todo. - me dijo la chica de la ferretería.
Me senté en una de las sillas que daban hacia la mesada, pensando que ella iba a preparar las cosas ahí y no sentirme tan solo e incómodo. Ella se hizo con un tarro grande y plateado y dos tazas: una verde y una violeta. Puso una cucharada de chocolate en cada taza y corrió hacia las alacenas sobre la cocina para dejarlo y volver con un pote de cerámica lleno de azúcar. Una cucharada para cada uno, también. Luego corrió hacia la heladera y sacó la leche. Dentro de un jarrito la puso a calentar.
- ¿Querés comer algunas galletitas? Tengo estas de chocolate, del horóscopo. ¿Te gustan? Sino podemos ir a buscar otras. - me preguntó.
- Esas están geniales para la chocolatada. - le dije.
- Tomá, agarrate algunas ahora. - me dijo pasándome un táper grandote, previo abrirlo.
Dentro había un paquete lleno de galletitas. Me agarré algunas y le convidé.
- ¿De qué signos tenés? Yo tengo una de Escorpio, una de Acuario y otra de Tauro. - dijo.
- A mí me tocaron de Leo y de Aries.
- Bueno, en lo que a mí respecta, no nos tocó a ninguno de los dos mi signo. ¿Y el tuyo? -
- Tampoco. -
- Esto ya debe estar. - dijo quitando el jarrito del fuego con un guante para horno. - Si la querés más caliente, decime y la pongo al fuego un poquito más.
Volvió con la leche a la mesa y la sirvió en las tazas.
- Revolvela, que te va a quedar todo el chocolate en el fondo. - dijo mientras se sentaba a mi lado.
Nos quedamos perdidos entra la chocolatada, las galletitas y la situación. Ninguno dijo nada. Yo estaba en un mundo de ensueño, sentado junto a la chica de la ferretería y mirándola de reojo cada tanto, haciendo que espiaba los rincones de la casa, para encontrarme con el alboroto de su pelo rubio o lo dulce de sus ojos claritos. No me atrevía a decir nada, temiendo crear situaciones incómodas y sin vuelta atrás.
Ella no parecía mucho más distendida. De pronto se largó a llover torrencialmente, como si el clima nos quisiera despertar del letargo con sus truenos e invitarnos a hacer algo.
- ¿Querés ir a ver el patio?.
- Está lloviendo.
- Lo podemos ver igual. Dale, vení.
Agarró su taza y se volvió hacia el pasillo. La seguí, galletitas en mano. Llegamos a la ventana y ahí nos quedamos, con la lluvia furiosa estallando sobre las baldosas, viéndonos a los ojos através del reflejo del vidrio.
Al pasar por un pasillo pequeño pude apreciar la primer ventana del lugar, permitiéndome asomar a un patiecito interno, largo y angosto, con baldosas púrpuras rasgadas en blanco, bastante viejas y gastadas. Un piletón gigante de azulejos amarillos y negros pendía de la medianera y, sobre ella, varias macetas que arrojaban su verde sobre la pared en forma de hojitas similares a granos de arroz.
- Ahora venimos para el patio, si querés. - me dijo la chica de la ferretería. Mi curiosidad por cada rincón de su hogar habría de ser demasiado evidente.
- Bueno. Me gustan los patios. - atiné a responder.
Más allá del pasillo tenía lugar una pequeña habitación cuya función no me atrevo a describir. Estaba invadida por objetos milenarios, envejecidos y apilados hasta alcanzar el cielo razo. En el medio, intocable, parecía flotar una lámpara de vidrio con una punta de bronce similar a las de los paraguas antiguos.
Pasamos esa habitación y llegamos a la cocina. Había una mesa redonda con dos sillas y una rectangular, mucho más grande, con seis. Todo trabajado en madera de algarrobo. Al final de la mesada que se distribuia sobre la pared a mi derecha, pasando una heladera redondeada y pequeña, había una ventana y una puerta que, por el color predominante tras el mosquitero, parecían ser el portal a un jardín de dimensiones selváticas.
- Sentate donde te sientas más cómodo, yo preparo todo. - me dijo la chica de la ferretería.
Me senté en una de las sillas que daban hacia la mesada, pensando que ella iba a preparar las cosas ahí y no sentirme tan solo e incómodo. Ella se hizo con un tarro grande y plateado y dos tazas: una verde y una violeta. Puso una cucharada de chocolate en cada taza y corrió hacia las alacenas sobre la cocina para dejarlo y volver con un pote de cerámica lleno de azúcar. Una cucharada para cada uno, también. Luego corrió hacia la heladera y sacó la leche. Dentro de un jarrito la puso a calentar.
- ¿Querés comer algunas galletitas? Tengo estas de chocolate, del horóscopo. ¿Te gustan? Sino podemos ir a buscar otras. - me preguntó.
- Esas están geniales para la chocolatada. - le dije.
- Tomá, agarrate algunas ahora. - me dijo pasándome un táper grandote, previo abrirlo.
Dentro había un paquete lleno de galletitas. Me agarré algunas y le convidé.
- ¿De qué signos tenés? Yo tengo una de Escorpio, una de Acuario y otra de Tauro. - dijo.
- A mí me tocaron de Leo y de Aries.
- Bueno, en lo que a mí respecta, no nos tocó a ninguno de los dos mi signo. ¿Y el tuyo? -
- Tampoco. -
- Esto ya debe estar. - dijo quitando el jarrito del fuego con un guante para horno. - Si la querés más caliente, decime y la pongo al fuego un poquito más.
Volvió con la leche a la mesa y la sirvió en las tazas.
- Revolvela, que te va a quedar todo el chocolate en el fondo. - dijo mientras se sentaba a mi lado.
Nos quedamos perdidos entra la chocolatada, las galletitas y la situación. Ninguno dijo nada. Yo estaba en un mundo de ensueño, sentado junto a la chica de la ferretería y mirándola de reojo cada tanto, haciendo que espiaba los rincones de la casa, para encontrarme con el alboroto de su pelo rubio o lo dulce de sus ojos claritos. No me atrevía a decir nada, temiendo crear situaciones incómodas y sin vuelta atrás.
Ella no parecía mucho más distendida. De pronto se largó a llover torrencialmente, como si el clima nos quisiera despertar del letargo con sus truenos e invitarnos a hacer algo.
- ¿Querés ir a ver el patio?.
- Está lloviendo.
- Lo podemos ver igual. Dale, vení.
Agarró su taza y se volvió hacia el pasillo. La seguí, galletitas en mano. Llegamos a la ventana y ahí nos quedamos, con la lluvia furiosa estallando sobre las baldosas, viéndonos a los ojos através del reflejo del vidrio.
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