- Matame. - me dijo. - Matame, por favor
En aquel cuarto oscuro de alquiler, la humedad y la pulsión de muerte se disputaban el dominio del ambiente. Los últimos rayos de sol, pálidos, se escurrían entre los jirones verdemarrón de lo que alguna vez supo ser la cortina de la única ventana de la habitación. Sobre la cabecera del sillón, regalos inútiles y hediondos colaborando al sopor. Sobre el sillón, ella. Sobre la mesita, el verdugo cuchillo.
- Te pido que me mates, no quiero vivir más.
Dos semanas atrás, caminábamos de la mano bajo los árboles del río y sobre el muelle, sonreíamos. Anormales, exhaustos y excitados nos jurábamos eternos. Y ahora, ella ahí, ahí recostada y moribunda y yo desparramado en lamentos.
Un par de hechos, no más, hacen a un tercero; terceros afectan a uno, uno descarga sobre otro uno. La puerta de la casa se abre dejando escapar las cenizas de un día feliz y permitiendo la entrada de la desesperación. A ella se la devora la noche. La saborea, la degusta, la percibe, la disfruta. La mastica. La destroza y vomita sus pedazos embebidos en incertidumbre biliar.
- Cobarde. Matame.
El escape sentencia y la búsqueda es la condena. Nueve días de búsqueda se transforman en nueve vidas que sólo quieren morir. Como ella, recostada en aquel antro que supo darle refugio del camino sin retorno de la indiferencia, empedrado con lo violento, suplicando el empujón hacia el desfiladero por el que inevitablemente caería.
Por qué tenía que ser así, por qué no más árboles y ríos y muelles y sonrisas. Por qué talar bosques, por qué secar arroyos, por qué hundir barcos, por qué sembrar penas. Y si lo mágico era poco, por qué no hacer más magia. Ahora ya no había solución, el impulso de esa noche se transformó en destrucción catalizada por la demencia del hombre y sintetizada en los golpes que le destruyeron venas y huesos, órganos y arterias. La mistura de lo que más quise pedía una vuelta más para colapsar finalmente.
- Agarrá ese cuchillo y matame.
Dónde iba a aterrizar yo si caía eternamente en negro, si el recuerdo de las caricias se contaminaba viendo al cuchillo rasgar su piel. Si mis lágrimas abrazaban la sangre que brotaba de su cuerpo, y mis tripas se convulsionaban al ritmo de las suyas. Y mi corazón se apagaba para siempre cuando el último brillo en sus ojos me dijo muy adentro: "Me mataste".
martes, 22 de enero de 2013
jueves, 18 de octubre de 2012
Strut el Gigante
En tiempos pasados, inmemorables incluso por los más ancianos, cuando el mundo adolescía y el Sol lo tostaba maduro de verde a amarillo, poblaban La Tierra los gigantes. Aún cuando combinaban una enorme estatura con una minúscula sesera, los gigantes dominaban la superficie terrestre. Con sus brazos fuertes, largos como un hombre, y sus manos toscas pero hábiles habían logrado ingeniar herramientas, acondicionaban y aprovisionaban cuevas y, por sobre todas las cosas, conocían los secretos del fuego.
Strut era uno de ellos, y era el gigante más feliz de todo el Valle de los Gigantes, porque ubicado sobre la ladera de la Montaña Madre se encontraba su refugio. Celosamente lo cuidaba de las bestias y de otros gigantes que querían arrebatárselo, envidiosos de su seguridad, su calidez y su ubicación.
Todas las mañanas al quebrarse la noche por los primeros rayos del día, Strut partía antes que sus vecinos a recolectar frutos, pesca y leña. Al caer la tarde, cuando el resto de los gigantes apenas despertaba, él regresaba a su hogar a disfrutar de los últimos colores en el cielo y saludar a la Luna. Pero aún así, rodeado de la belleza propia de los orígenes del mundo, Strut era un gigante, y como todo gigante, era holgazán.
Los días empezaron a hacerse más cortos y las noches sin estrellas; los Años Helados se hicieron presentes. Strut pudo anticiparlo y, ganándole a su pereza y destacándose como gigante precavido, llenó hasta el último rincón de leña y alimento para pasar los malos tiempos. Ubicó estratégicamente una pira, capaz de mantener caliente toda la guarida, y esperó.
El día siguiente, al despertar y pretender salir de su cueva, se encontró impedido. Una fina capa de hielo había cubierto la entrada. Con ayuda de sus fuertes brazos y piernas logró quebrarla, exponiéndose a una ventisca gélida y violenta que potenció su holgazanería y diezmó su voluntad de hacer cosas. Sin embargo, Strut se obligó a seguir. A pesar de la inclemencia climática, recolectó frutos congelados, extrajo peces del hielo y juntó leña húmeda.
Otra noche pasó y, con su acabar, amaneció a Strut nuevamente encerrado. Esta vez, la capa de hielo resultó ser más gruesa. Costó quebrarla, pero más aún costó realizar el esfuerzo de la jornada anterior y exponerse al frío. Como los demás gigantes holgazanes, se arrojó al abrigo de su refugio y ahí quedó vagando.
El nuevo día presentó un obstáculo reforzado al intentar salir. Strut no pudo quebrar la capa de hielo por su cuenta. Ayudado por las brasas, deshaciendo la fogata y quemándose las manos, encontró la forma. Pero aún así, un arrebato helado y rebelde entró sin permiso y lo paralizó hasta los huesos y volvió al interior.
Con el paso del tiempo, la provisión de leña comenzó a menguar. Apenas unas tímidas llamas iluminaban el interior de la guarida. La racionalización que hizo el gigante nunca podría ser suficiente frente a un invierno eterno. Pasaron semanas, la comida acabó y Strut se vio obligado a salir.
La que una vez fue una capa fina de hielo se había convertido en un grueso muro cristalino. Las últimas ascuas partieron, privando al lugar de toda luz y abandonándolo a la ceniza y la sombra. Strut tembló por frío y por miedo. Porque incluso los gigantes sienten miedo.
Incapaz se romper la barrera que su descuido había permitido, buscó reclusión en el último rincón de su cueva, lamentándose.
Pudo sentir las caricias del frío por todo su cuerpo, para ya no sentir nunca más. Débil y desesperanzado se dejó abrazar por la oscuridad, y al completar el abrazo su corazón gigante dejó de latir. El hielo cubrió toda seguridad y calidez. Lo cubrió todo.
Hoy, dentro de un sarcófago de vidrio, Strut es admirado por científicos y estudiosos de todo el mundo.
Strut era uno de ellos, y era el gigante más feliz de todo el Valle de los Gigantes, porque ubicado sobre la ladera de la Montaña Madre se encontraba su refugio. Celosamente lo cuidaba de las bestias y de otros gigantes que querían arrebatárselo, envidiosos de su seguridad, su calidez y su ubicación.
Todas las mañanas al quebrarse la noche por los primeros rayos del día, Strut partía antes que sus vecinos a recolectar frutos, pesca y leña. Al caer la tarde, cuando el resto de los gigantes apenas despertaba, él regresaba a su hogar a disfrutar de los últimos colores en el cielo y saludar a la Luna. Pero aún así, rodeado de la belleza propia de los orígenes del mundo, Strut era un gigante, y como todo gigante, era holgazán.
Los días empezaron a hacerse más cortos y las noches sin estrellas; los Años Helados se hicieron presentes. Strut pudo anticiparlo y, ganándole a su pereza y destacándose como gigante precavido, llenó hasta el último rincón de leña y alimento para pasar los malos tiempos. Ubicó estratégicamente una pira, capaz de mantener caliente toda la guarida, y esperó.
El día siguiente, al despertar y pretender salir de su cueva, se encontró impedido. Una fina capa de hielo había cubierto la entrada. Con ayuda de sus fuertes brazos y piernas logró quebrarla, exponiéndose a una ventisca gélida y violenta que potenció su holgazanería y diezmó su voluntad de hacer cosas. Sin embargo, Strut se obligó a seguir. A pesar de la inclemencia climática, recolectó frutos congelados, extrajo peces del hielo y juntó leña húmeda.
Otra noche pasó y, con su acabar, amaneció a Strut nuevamente encerrado. Esta vez, la capa de hielo resultó ser más gruesa. Costó quebrarla, pero más aún costó realizar el esfuerzo de la jornada anterior y exponerse al frío. Como los demás gigantes holgazanes, se arrojó al abrigo de su refugio y ahí quedó vagando.
El nuevo día presentó un obstáculo reforzado al intentar salir. Strut no pudo quebrar la capa de hielo por su cuenta. Ayudado por las brasas, deshaciendo la fogata y quemándose las manos, encontró la forma. Pero aún así, un arrebato helado y rebelde entró sin permiso y lo paralizó hasta los huesos y volvió al interior.
Con el paso del tiempo, la provisión de leña comenzó a menguar. Apenas unas tímidas llamas iluminaban el interior de la guarida. La racionalización que hizo el gigante nunca podría ser suficiente frente a un invierno eterno. Pasaron semanas, la comida acabó y Strut se vio obligado a salir.
La que una vez fue una capa fina de hielo se había convertido en un grueso muro cristalino. Las últimas ascuas partieron, privando al lugar de toda luz y abandonándolo a la ceniza y la sombra. Strut tembló por frío y por miedo. Porque incluso los gigantes sienten miedo.
Incapaz se romper la barrera que su descuido había permitido, buscó reclusión en el último rincón de su cueva, lamentándose.
Pudo sentir las caricias del frío por todo su cuerpo, para ya no sentir nunca más. Débil y desesperanzado se dejó abrazar por la oscuridad, y al completar el abrazo su corazón gigante dejó de latir. El hielo cubrió toda seguridad y calidez. Lo cubrió todo.
Hoy, dentro de un sarcófago de vidrio, Strut es admirado por científicos y estudiosos de todo el mundo.
jueves, 11 de octubre de 2012
La chica de la ferretería (VIa)
La magia es eso que nos hace cosquillas en la panza, que nos dibuja sonrisas gigantescas de oreja a oreja y nos devuelve, aunque más no sea por un instante pequeño e imperceptible, ese brillo infantil en la mirada. El brillo de la ilusión, de convencernos, aunque sea por una milésima de segundo, que el mundo no es todo lo que conocemos, que no es tan concreto, ni tan crudo, ni tan gris, sino más fantástico, amplio, cálido y colorido. Nos fascinamos con lo desconocido y suponiéndolo bello nos rendimos ante su abrazo, ante sus caricias que, siendo redundantes con el principio de este mismo párrafo, se traducen en simpáticas cosquillas. A mí me cuesta creer un poco en esta magia, no tanto por pensarla imposible sino por entender que una magia verdadera debe tener un origen mágico. Y una intención mágica, por sobre todas las cosas, algo en lo que me resulta difícil confiar.
Luego de ese domingo mágico, fue lunes Un lunes raro, porque despertarse para volver a la realidad me significó ser arrancado de los pensamientos más hermosos y arrojado a las insatisfacciones de siempre. Me costó levantarme, pero me costó levantarme porque hacerlo no significaba... ella. Ni esperar el micro la incluía, y viajar no significaba verla. Tampoco iba a descubrir su nombre escrito sobre un vidrio empañado. Con mucho esfuerzo me obligué a enfocarme en mis clases y sus prácticas. "Podemos recorrer de forma eficiente un grafo ponderado, dirigido y fuertemente conexo si aplicamos... no, no, no... lo único fuertemente conexo que debe existir es el cruce de nuestras miradas, chica de la ferretería."
Volví a casa en una tarde idéntica a la anterior. Cruelmente idéntica porque carecía de lo esencial. "Tal vez, si no la volvía a cruzar, esto no pasaba. Al fin y al cabo, me iba a olvidar... Bueno, en realidad no. ¿Cómo me voy a olvidar de vos? Si sos un terremoto para mí cada vez que me hablás... Estoy siendo dramático, capaz la veo el viernes... ¿y si no la veo? ¿y si vuelve a desaparecer, y la espero, y la sigo esperando, y me muero? ¿Por qué no la estoy cruzando ahora mismo, por qué no estamos caminando, por qué no vamos juntos en el micro de vuelta?"
Luego, el martes. De a poco, sentía que me rendía a lo cotidiano, dejando que lo maravilloso se escape, archivado en el ático de los recuerdos, cubriéndose por el polvo de irrealidad que el tiempo deposita en ellos. Mis objetos y sus métodos se volvieron más claros; el enfoque propio de la resignación, de aquel que es alcanzado por lo mundano y despojado de sus sueños de pies a corazón, de corazón a cabeza. El viaje de regreso fue uno más, excepto cuando transitaba las últimas cuadras a pie y, con el sol muriendo a mis espaldas, me perdí contemplando aquella esquina en la que decenas de horas atrás había sido la persona más feliz sobre la faz de La Tierra.
Entonces, miércoles.
Desperté con los ojos cansados. Mis párpados, pesados, rogaban cerrarse, decepcionados ante la predicción estadística de un día sin sorpresas y, en colaboración al desatino, un sol radiante y un clima templado que se prometían ser desaprovechados. Pero sonó el timbre y, al hacerlo, el desarrollo lineal de mis actividades se desdobló en montones de alternativas, algunas perdiéndose, otras disponiéndose de formas curiosas. Me acerqué a la ventana, como señora con ruleros, para espiar al visitante. Para descubrir un par de mechones rubios esperando detrás de la reja blanca. Para que mi corazón explotara en un millón de estrellas.
No me importó salir despeinado, ni con las medias rotas, o parcialmente vestido. Corrí a abrirle. "No lo puedo creer, ¿qué hace acá? Es miércoles apenas... si me dijo el viernes, ¡y es miércoles!"
- Hola. - articulé entre lagañas, con la voz pastosa.
- ¡Hey, hola!. - me respondió mientras le abría la puerta de rejas.
Y me dio un abrazo. Un abrazo fuerte, un abrazo lleno de querer abrazar. La sentí cerca, la sentí real, y todos esos recuerdos se desempolvaron con el zigzagueo de una varita: la de la chica de la ferretería conjurando su hechizo, rociándome con magia y nutriéndome con ilusión. Porque era miércoles, y ella estaba ahí cuando no tenía motivos para hacerlo. O sí, y esos motivos eran, a su vez, motivo de ser lo más genial con lo que me había cruzado alguna vez en mi vida. Hubiera naufragado con gusto en ese mar de pensamientos dulces y hacer gárgaras de colores mientras me ahogaba, pero la chica de la ferretería se apresuró a autoinvitarse a mi casa.
- Ni desayunaste... ¿verdad? - preguntó, mientras dejaba su mochila sobre la mesa del comedor.
- No, me levanté hace un ratito, escuché el timbre y vine a abrir. Te habrás dado cuenta, estoy hecho un desastre. -
- Qué holgazán, yo estoy levantada hace rato. Igual, estás lindo. - me dijo, sonriendo tímidamente.
"Vos también estás linda, chica de la ferretería. Hermosa. Siempre."
- Dale, cambiate que se nos hace tarde. - apresuró.
- Pero... habíamos arreglado para el viernes. No entiendo nada. - le pregunté. Y me arrepentí al instante, ¿qué me importaba que fuera miércoles? Si hubiera arreglado para el lunes mismo. Para el martes, también, y recién ahí el miércoles. Y el jueves. Y, ya que estábamos, el viernes, para no abandonar el compromiso previo.
- Ya sé, pero me dieron ganas de hacer cosas hoy. Vos ahora tenés dos caminos: en uno, me decís que no, cada uno vuelve a sus cosas y este miércoles es uno más entre tantos miércoles; en el otro, vas ahora mismo a preparar la mochila de superviviente que llevabas el domingo y te volcás a la aventura conmigo. -
No llegué a responderle, no pude, no hubiera encontrado palabras más sinceras que aquello reflejado con mi reacción.
- Bueno, vení. - invité.
Me acompañó a buscar la mochila, calcé mis zapatillas y nos apresuramos a reencontrarnos con la calle.
Ahí, en la calle, con mi mochila, con lo incierto delante, con lo imprevisto rodeándome, con mis prácticas y ejercicios de algoritmos enviados al séptimo abismo del averno, dándole la segunda vuelta de llave a la puerta. Y la chica de la ferretería conmigo.
Y era miércoles.
"Las cosas evolucionan de las maneras más extrañas", pensé. Sonreí y comenzamos a caminar.
Luego de ese domingo mágico, fue lunes Un lunes raro, porque despertarse para volver a la realidad me significó ser arrancado de los pensamientos más hermosos y arrojado a las insatisfacciones de siempre. Me costó levantarme, pero me costó levantarme porque hacerlo no significaba... ella. Ni esperar el micro la incluía, y viajar no significaba verla. Tampoco iba a descubrir su nombre escrito sobre un vidrio empañado. Con mucho esfuerzo me obligué a enfocarme en mis clases y sus prácticas. "Podemos recorrer de forma eficiente un grafo ponderado, dirigido y fuertemente conexo si aplicamos... no, no, no... lo único fuertemente conexo que debe existir es el cruce de nuestras miradas, chica de la ferretería."
Volví a casa en una tarde idéntica a la anterior. Cruelmente idéntica porque carecía de lo esencial. "Tal vez, si no la volvía a cruzar, esto no pasaba. Al fin y al cabo, me iba a olvidar... Bueno, en realidad no. ¿Cómo me voy a olvidar de vos? Si sos un terremoto para mí cada vez que me hablás... Estoy siendo dramático, capaz la veo el viernes... ¿y si no la veo? ¿y si vuelve a desaparecer, y la espero, y la sigo esperando, y me muero? ¿Por qué no la estoy cruzando ahora mismo, por qué no estamos caminando, por qué no vamos juntos en el micro de vuelta?"
Luego, el martes. De a poco, sentía que me rendía a lo cotidiano, dejando que lo maravilloso se escape, archivado en el ático de los recuerdos, cubriéndose por el polvo de irrealidad que el tiempo deposita en ellos. Mis objetos y sus métodos se volvieron más claros; el enfoque propio de la resignación, de aquel que es alcanzado por lo mundano y despojado de sus sueños de pies a corazón, de corazón a cabeza. El viaje de regreso fue uno más, excepto cuando transitaba las últimas cuadras a pie y, con el sol muriendo a mis espaldas, me perdí contemplando aquella esquina en la que decenas de horas atrás había sido la persona más feliz sobre la faz de La Tierra.
Entonces, miércoles.
Desperté con los ojos cansados. Mis párpados, pesados, rogaban cerrarse, decepcionados ante la predicción estadística de un día sin sorpresas y, en colaboración al desatino, un sol radiante y un clima templado que se prometían ser desaprovechados. Pero sonó el timbre y, al hacerlo, el desarrollo lineal de mis actividades se desdobló en montones de alternativas, algunas perdiéndose, otras disponiéndose de formas curiosas. Me acerqué a la ventana, como señora con ruleros, para espiar al visitante. Para descubrir un par de mechones rubios esperando detrás de la reja blanca. Para que mi corazón explotara en un millón de estrellas.
No me importó salir despeinado, ni con las medias rotas, o parcialmente vestido. Corrí a abrirle. "No lo puedo creer, ¿qué hace acá? Es miércoles apenas... si me dijo el viernes, ¡y es miércoles!"
- Hola. - articulé entre lagañas, con la voz pastosa.
- ¡Hey, hola!. - me respondió mientras le abría la puerta de rejas.
Y me dio un abrazo. Un abrazo fuerte, un abrazo lleno de querer abrazar. La sentí cerca, la sentí real, y todos esos recuerdos se desempolvaron con el zigzagueo de una varita: la de la chica de la ferretería conjurando su hechizo, rociándome con magia y nutriéndome con ilusión. Porque era miércoles, y ella estaba ahí cuando no tenía motivos para hacerlo. O sí, y esos motivos eran, a su vez, motivo de ser lo más genial con lo que me había cruzado alguna vez en mi vida. Hubiera naufragado con gusto en ese mar de pensamientos dulces y hacer gárgaras de colores mientras me ahogaba, pero la chica de la ferretería se apresuró a autoinvitarse a mi casa.
- Ni desayunaste... ¿verdad? - preguntó, mientras dejaba su mochila sobre la mesa del comedor.
- No, me levanté hace un ratito, escuché el timbre y vine a abrir. Te habrás dado cuenta, estoy hecho un desastre. -
- Qué holgazán, yo estoy levantada hace rato. Igual, estás lindo. - me dijo, sonriendo tímidamente.
"Vos también estás linda, chica de la ferretería. Hermosa. Siempre."
- Dale, cambiate que se nos hace tarde. - apresuró.
- Pero... habíamos arreglado para el viernes. No entiendo nada. - le pregunté. Y me arrepentí al instante, ¿qué me importaba que fuera miércoles? Si hubiera arreglado para el lunes mismo. Para el martes, también, y recién ahí el miércoles. Y el jueves. Y, ya que estábamos, el viernes, para no abandonar el compromiso previo.
- Ya sé, pero me dieron ganas de hacer cosas hoy. Vos ahora tenés dos caminos: en uno, me decís que no, cada uno vuelve a sus cosas y este miércoles es uno más entre tantos miércoles; en el otro, vas ahora mismo a preparar la mochila de superviviente que llevabas el domingo y te volcás a la aventura conmigo. -
No llegué a responderle, no pude, no hubiera encontrado palabras más sinceras que aquello reflejado con mi reacción.
- Bueno, vení. - invité.
Me acompañó a buscar la mochila, calcé mis zapatillas y nos apresuramos a reencontrarnos con la calle.
Ahí, en la calle, con mi mochila, con lo incierto delante, con lo imprevisto rodeándome, con mis prácticas y ejercicios de algoritmos enviados al séptimo abismo del averno, dándole la segunda vuelta de llave a la puerta. Y la chica de la ferretería conmigo.
Y era miércoles.
"Las cosas evolucionan de las maneras más extrañas", pensé. Sonreí y comenzamos a caminar.
domingo, 3 de junio de 2012
Vos. Siempre. Acá.
Anoche volví a soñar con ella. Qué más da, sucedió y ya. Uno no puede decidir qué sueña y qué no, es una conclusión a la que llegué luego de varios meses de investigación.
Pensé que se había muerto, que había desaparecido y que no la iba a ver nunca más. Pero volvió.
Yo estaba triste. De pronto, recibo una caja llena de cartas y recortes de papel. Agarro uno en particular: era una hoja larga, hecha de recortes de papel cuadriculador de carpeta, como las que usan los niños en la escuela. Tenía forma de corbata y se plegaba. Estaba escrita con crayón y lápiz mal afilado.
¿Qué decía? Decía que alguien me quería, que siempre me había querido, desde que me conoció. También decía que nunca había querido a nadie. Por mí, por conocerme a mí.
No lo dudé. Sabía quién era, sabía dónde encontrarla y, por sobre todas las cosas, sabía que me quería, que me aceptaba y que me iba a estar esperando con los brazos abiertos.
La encontré en la calle. Estaba tan linda como siempre: el pelo castaño hasta el cuello, desprolijo, la cara blanca y perfecta, con un leve rosado, y los ojos azules increíbles. Me vió y sonrió, se sonrojó un poco. Le hablé sin dudarlo un instante, nos reimos, comentamos estupideces, caminamos. Como había sucedido antes. Como me gusta que suceda.
Ella nunca había querido querer a nadie. Una allegada me comentó que, desde que me conoció, se encerró en mí y no quizo saber nada con la plebe. Se hizo de noche, caminábamos por una calle con la vereda rota, y nos detuvimos. Me sonreía y yo me moría de ganas de abrazarla. No lo resistí más, lo hice y ella se sonrió aún más. La miré y nos dimos el beso más bonito que pudiera existir. Luego nos enredamos con la mirada y le dije 'Ya está'. Era un yastá diferente, no como lo entendía hasta entonces, un yastá de un final infeliz: este era uno de principio, uno de aventura, uno de regocijo, abrazo y felicidad. Ella estaba contentísima y me abrazaba fuerte.
En este punto, cabe hacer una aclaración: me sentía un poco culpable. Me sentía mal por no corresponderle, por no "haber esperado". Ella había conservado todas las ganas de ser con un otro para mí; yo no, ya tenía mis cositas encima. La aflicción duró un par de segundos. Es difícil construir recuerdos, ay, ¡pero es tan fácil descartarlos!.
El sueño terminaba en un día frío; una noche, mejor dicho. Estabamos tirados en mi cama, tapados con mi frazada mágica iffigiana, mirándonos como dos idiotas, riéndonos de esa magia violeta que manaba de los ojos del otro. Ella me jugaba con la nariz, se acercaba y golpeaba la mía. De a ratos se escondía bajo la frazada y, aún en la oscuridad, podían verse brillar sus ojos. Está llena de luz, y me gusta.
Al final, nos dormíamos. Y al dormirme en el sueño, me desperté en la realidad. Realidad que, al fin y al cabo, no deja lugar a los sueños y resulta ser más dura que la dotación de un vikingo empalador al cual, sin embargo, nos rendiríamos por su fama de ser un monstruo en la cama.
Pensé que se había muerto, que había desaparecido y que no la iba a ver nunca más. Pero volvió.
Yo estaba triste. De pronto, recibo una caja llena de cartas y recortes de papel. Agarro uno en particular: era una hoja larga, hecha de recortes de papel cuadriculador de carpeta, como las que usan los niños en la escuela. Tenía forma de corbata y se plegaba. Estaba escrita con crayón y lápiz mal afilado.
¿Qué decía? Decía que alguien me quería, que siempre me había querido, desde que me conoció. También decía que nunca había querido a nadie. Por mí, por conocerme a mí.
No lo dudé. Sabía quién era, sabía dónde encontrarla y, por sobre todas las cosas, sabía que me quería, que me aceptaba y que me iba a estar esperando con los brazos abiertos.
La encontré en la calle. Estaba tan linda como siempre: el pelo castaño hasta el cuello, desprolijo, la cara blanca y perfecta, con un leve rosado, y los ojos azules increíbles. Me vió y sonrió, se sonrojó un poco. Le hablé sin dudarlo un instante, nos reimos, comentamos estupideces, caminamos. Como había sucedido antes. Como me gusta que suceda.
Ella nunca había querido querer a nadie. Una allegada me comentó que, desde que me conoció, se encerró en mí y no quizo saber nada con la plebe. Se hizo de noche, caminábamos por una calle con la vereda rota, y nos detuvimos. Me sonreía y yo me moría de ganas de abrazarla. No lo resistí más, lo hice y ella se sonrió aún más. La miré y nos dimos el beso más bonito que pudiera existir. Luego nos enredamos con la mirada y le dije 'Ya está'. Era un yastá diferente, no como lo entendía hasta entonces, un yastá de un final infeliz: este era uno de principio, uno de aventura, uno de regocijo, abrazo y felicidad. Ella estaba contentísima y me abrazaba fuerte.
En este punto, cabe hacer una aclaración: me sentía un poco culpable. Me sentía mal por no corresponderle, por no "haber esperado". Ella había conservado todas las ganas de ser con un otro para mí; yo no, ya tenía mis cositas encima. La aflicción duró un par de segundos. Es difícil construir recuerdos, ay, ¡pero es tan fácil descartarlos!.
El sueño terminaba en un día frío; una noche, mejor dicho. Estabamos tirados en mi cama, tapados con mi frazada mágica iffigiana, mirándonos como dos idiotas, riéndonos de esa magia violeta que manaba de los ojos del otro. Ella me jugaba con la nariz, se acercaba y golpeaba la mía. De a ratos se escondía bajo la frazada y, aún en la oscuridad, podían verse brillar sus ojos. Está llena de luz, y me gusta.
Al final, nos dormíamos. Y al dormirme en el sueño, me desperté en la realidad. Realidad que, al fin y al cabo, no deja lugar a los sueños y resulta ser más dura que la dotación de un vikingo empalador al cual, sin embargo, nos rendiríamos por su fama de ser un monstruo en la cama.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Enanas fascistas
El miércoles pasado por la mañana, mientras viajaba en micro hacia el hospital, tuve la oportunidad de oir por encima una de esas conversaciones frente a las cuales ignoramos si reirnos, indignarnos, lamentarnos o tomarlas como algo totalmente irrelevante. Quienes me conocen saben que tengo una facilidad casi absoluta para escuchar todo aquello que sucede en mi entorno inmediato: en esta ocasión, las víctimas del espionaje involuntario fueron dos "señoras" sentadas en los asientos detrás mío.
Todo comenzó cuando una de ellas, aparentemente en un descuido, golpeó la cartera de la otra.
- ¡Ay, señora! ¡Discúlpeme!
- No pasa nada, no se preocupe. Reaccioné así porque una nunca sabe...
- Es verdad... ¡está terrible la cosa!
- Y sí, hay que estar atentas. Como dice Susana Giménez: las mujeres no somos tontas.
Se imaginarán que cuando escuché nombrar a la filósofa contemporánea Su G. mi interés por la conversación se incremetón exponencialmente. La cosa prometía interesante.
- ¡Cuánta razón! Hay que cuidarse de todo, la situación está terrible.
- Por supuesto, ahora por dos pesos a una la matan.
- ¡Es increíble! Por eso yo siempre digo: si algún día me asaltan en la calle, se van a ir con las manos vacías.
- Es la mejor opción, aunque siempre está el miedo de que ELLOS se enojen y nos hagan daño. Por eso yo siempre salgo con diez pesos y las monedas para el micro, nada más.
- Claro. Diez pesos. Veinte, por las dudas. Cincuenta, por si hay que tomarse un taxi.
- Así es, prácticamente nada...
Y a partir de acá las declaraciones fueron de mal en peor, cada vez más osadas.
- Yo siempre me pregunto: ¿qué será el día de mañana, cuando nuestros hijos sean grandes?
- Y... va a ser todo mucho peor, ELLOS nos van a matar por cualquier cosa.
- Además es increíble, porque ELLOS pueden matarnos a nosotros pero nosotros no podemos hacer lo mismo con ELLOS.
- Sí, y ese ensañamiento, ¡esa maldad!
- Mire... yo creo que todo esto se desmadró cuando sacaron el Servicio Militar...
(sí, pueden imaginar la carcajada que tuve que ahogar cuando escuché eso)
- ¡Totalmente de acuerdo! Porque antes, a un policía, se le tenía respeto.
- Hoy no hay respeto por nada.
Ahora... agárrense las pelucas.
- Es por eso de los DERECHOS HUMANOS.
- Ah... ¿esos que puso la Cristina?
- Sí. ELLOS se protegen con eso de los DERECHOS HUMANOS.
- Y... habrá que ver cuándo los sacan...
- ¡Pero qué los van a sacar! ¡Si la Cristina sigue sacando votos!
- Ah... no, no, no. ¡YO NO LA VOTÉ! ¡YO NO LA VOTÉ!
- ¡Yo tampoco! Solamente los ignorantes la votaron... la gente que NO SABE.
Lamentablemente, para esta altura ya había llegado a mi parada y me tuve que bajar. Al hacerlo, no supe si mirarlas y decirles algo o qué, pero temiendo que llevaran una picana escondida opté por el silencio. Supongo que a las dos cuadras ya estarían reivindicando a Videla y perfilando sus discursos con frases como "Algo habrán hecho" y "Si no andabas en nada raro, no te pasaba nada". O tal vez algún sistema de apartheid, quemar las villas, etc.
En definitiva, es increíble que aún quede gente así y, mejor aún, es increíble que alguien tenga la cabeza y el corazón lo suficientemente podridos como para albergar esa clase de "ideas". Enanas fascistas, nada más.
Todo comenzó cuando una de ellas, aparentemente en un descuido, golpeó la cartera de la otra.
- ¡Ay, señora! ¡Discúlpeme!
- No pasa nada, no se preocupe. Reaccioné así porque una nunca sabe...
- Es verdad... ¡está terrible la cosa!
- Y sí, hay que estar atentas. Como dice Susana Giménez: las mujeres no somos tontas.
Se imaginarán que cuando escuché nombrar a la filósofa contemporánea Su G. mi interés por la conversación se incremetón exponencialmente. La cosa prometía interesante.
- ¡Cuánta razón! Hay que cuidarse de todo, la situación está terrible.
- Por supuesto, ahora por dos pesos a una la matan.
- ¡Es increíble! Por eso yo siempre digo: si algún día me asaltan en la calle, se van a ir con las manos vacías.
- Es la mejor opción, aunque siempre está el miedo de que ELLOS se enojen y nos hagan daño. Por eso yo siempre salgo con diez pesos y las monedas para el micro, nada más.
- Claro. Diez pesos. Veinte, por las dudas. Cincuenta, por si hay que tomarse un taxi.
- Así es, prácticamente nada...
Y a partir de acá las declaraciones fueron de mal en peor, cada vez más osadas.
- Yo siempre me pregunto: ¿qué será el día de mañana, cuando nuestros hijos sean grandes?
- Y... va a ser todo mucho peor, ELLOS nos van a matar por cualquier cosa.
- Además es increíble, porque ELLOS pueden matarnos a nosotros pero nosotros no podemos hacer lo mismo con ELLOS.
- Sí, y ese ensañamiento, ¡esa maldad!
- Mire... yo creo que todo esto se desmadró cuando sacaron el Servicio Militar...
(sí, pueden imaginar la carcajada que tuve que ahogar cuando escuché eso)
- ¡Totalmente de acuerdo! Porque antes, a un policía, se le tenía respeto.
- Hoy no hay respeto por nada.
Ahora... agárrense las pelucas.
- Es por eso de los DERECHOS HUMANOS.
- Ah... ¿esos que puso la Cristina?
- Sí. ELLOS se protegen con eso de los DERECHOS HUMANOS.
- Y... habrá que ver cuándo los sacan...
- ¡Pero qué los van a sacar! ¡Si la Cristina sigue sacando votos!
- Ah... no, no, no. ¡YO NO LA VOTÉ! ¡YO NO LA VOTÉ!
- ¡Yo tampoco! Solamente los ignorantes la votaron... la gente que NO SABE.
Lamentablemente, para esta altura ya había llegado a mi parada y me tuve que bajar. Al hacerlo, no supe si mirarlas y decirles algo o qué, pero temiendo que llevaran una picana escondida opté por el silencio. Supongo que a las dos cuadras ya estarían reivindicando a Videla y perfilando sus discursos con frases como "Algo habrán hecho" y "Si no andabas en nada raro, no te pasaba nada". O tal vez algún sistema de apartheid, quemar las villas, etc.
En definitiva, es increíble que aún quede gente así y, mejor aún, es increíble que alguien tenga la cabeza y el corazón lo suficientemente podridos como para albergar esa clase de "ideas". Enanas fascistas, nada más.
martes, 15 de noviembre de 2011
To Die For
Algo que me intrigó desde siempre es el hecho de morirse, no como acontecimiento aislado ni mucho menos desde un punto de vista metafísico o intentando siguiera comprenderlo, sino la 'conclusión' de una historia. Me gusta entender todo lo que hago como una obra de ficción donde cada palabra es un paso, cada párrafo, una acción. Los lugares que visitados conforman los escenarios, las decisiones de cada instante obligan a reescribir todo lo que vendrá. Los personajes siguen las huellas de las personas que entran y salen de nuestra vida. Pero la muerte, el final de finales desde la perspectiva más individual, excede en interés a cualquier otro análisis.
Uno ya de por sí se pregunta cientos de cosas al respecto: cómo será, cuándo, dónde, por qué. Qué se sentirá y, por sobre todas las cosas, qué será después. Imaginar una idea de nada, por lo menos para mí, es imposible. Puedo proyectar hechos y situaciones pero no cuando se habla de la muerte propia. Por ejemplo, podemos imaginarnos hoy, acá, sólos, anhelando, esperando lo imposible y preguntándonos cómo será arrojarse a los brazos de esa muchacha que nos quita el sueño, y también podemos un día descubrirnos abrazados, reconociendo como tangible lo que en un momento anterior era pura especulación. Mas no sucede así con la muerte: imaginarnos en una etapa posterior como algo más que algo ya caducado resulta imposible.
Sobre mi conclusión individual se me ocurre lo siguiente: existen varios caminos, algunos carentes de sabor, otros fantásticos. La primera distinción que se me viene a la mente está en morir joven o hacerlo de viejo. Una muerte intermedia me resulta, desde mi perspectiva actual, imposible y aburrida.
Muriendo de viejo uno se expone al riesgo de caer en la zona desfavorable de la dicotomía: la decrepitud y el olvido, por un lado, la grandeza y la acumulación de aventura, por el otro. Sobre lo primero no hay mucho que describir; una muerte gris, fría, sorda y ausente, como la de una estrella que en algún momento supo ser la más brillante pero, ahora, abandonada en algún rincón remoto del Universo sólo puede esperar a desintegrarse. El segundo me parece un panorama más alentador: esa misma estrella, aún brillante, agota sus últimos instantes de brillo iluminando a los demás y desaparece abruptamente en una supernova fantástica.
Morir joven, sin embargo, trae al juego una carta bastante interesante para jugar: lo potencial. Un viejo es, pero más que eso aún, fue; toda aventura ya fue definida, todo acto grandioso ya se conoce, así también sus contrapartes. Un joven que muere sólo deja potencial, hechos que podrían haber sido. Por lo general uno tiende a imaginar lo genial, y esa genialidad potencial que se puede atribuir a quien se corta verde excede con creces cualquier maravilla real. La verdad en esto la vemos a simple vista cuando recordamos que lo ideal, pulido a la perfección en el mundo imaginario, siempre aventaja a lo real, repleto de los defectos propios de una existencia cruda y definida. Por tanto, una vida repleta de posibles historias resulta más interesante sobremanera que aquella poblada por acontecimientos definidos. La muerte joven se manifiesta como una estrella convulsionada, que estalla sin advertencia alguna quemando y arrastrando todo con su onda expansiva.
Yo no sé cuál sería el mejor final para la obra que protagonizo. Sé que se termina con la muerte, de eso no hay duda, pero a veces me invade un fuerte sentimiento que me indica que probablemente muera antes de morir, sea porque finalmente me parta en millones de pedazos o acabe perdiendo la cabeza por completo. De una u otra manera, creo que prefiero ser de las estrellas que explotan bruscamente, ardiendo y resplandeciendo como nunca en el momento previo al final. La idea de perder mi brillo y mis colores para volverme gris, viejo, opaco y seco, dando lugar a la misericordia ajena y a la nostalgia propia e impotente frente a todo lo que fue y nunca podrá volver a ser me aterra a un punto tal de desesperarme.
Uno ya de por sí se pregunta cientos de cosas al respecto: cómo será, cuándo, dónde, por qué. Qué se sentirá y, por sobre todas las cosas, qué será después. Imaginar una idea de nada, por lo menos para mí, es imposible. Puedo proyectar hechos y situaciones pero no cuando se habla de la muerte propia. Por ejemplo, podemos imaginarnos hoy, acá, sólos, anhelando, esperando lo imposible y preguntándonos cómo será arrojarse a los brazos de esa muchacha que nos quita el sueño, y también podemos un día descubrirnos abrazados, reconociendo como tangible lo que en un momento anterior era pura especulación. Mas no sucede así con la muerte: imaginarnos en una etapa posterior como algo más que algo ya caducado resulta imposible.
Sobre mi conclusión individual se me ocurre lo siguiente: existen varios caminos, algunos carentes de sabor, otros fantásticos. La primera distinción que se me viene a la mente está en morir joven o hacerlo de viejo. Una muerte intermedia me resulta, desde mi perspectiva actual, imposible y aburrida.
Muriendo de viejo uno se expone al riesgo de caer en la zona desfavorable de la dicotomía: la decrepitud y el olvido, por un lado, la grandeza y la acumulación de aventura, por el otro. Sobre lo primero no hay mucho que describir; una muerte gris, fría, sorda y ausente, como la de una estrella que en algún momento supo ser la más brillante pero, ahora, abandonada en algún rincón remoto del Universo sólo puede esperar a desintegrarse. El segundo me parece un panorama más alentador: esa misma estrella, aún brillante, agota sus últimos instantes de brillo iluminando a los demás y desaparece abruptamente en una supernova fantástica.
Morir joven, sin embargo, trae al juego una carta bastante interesante para jugar: lo potencial. Un viejo es, pero más que eso aún, fue; toda aventura ya fue definida, todo acto grandioso ya se conoce, así también sus contrapartes. Un joven que muere sólo deja potencial, hechos que podrían haber sido. Por lo general uno tiende a imaginar lo genial, y esa genialidad potencial que se puede atribuir a quien se corta verde excede con creces cualquier maravilla real. La verdad en esto la vemos a simple vista cuando recordamos que lo ideal, pulido a la perfección en el mundo imaginario, siempre aventaja a lo real, repleto de los defectos propios de una existencia cruda y definida. Por tanto, una vida repleta de posibles historias resulta más interesante sobremanera que aquella poblada por acontecimientos definidos. La muerte joven se manifiesta como una estrella convulsionada, que estalla sin advertencia alguna quemando y arrastrando todo con su onda expansiva.
Yo no sé cuál sería el mejor final para la obra que protagonizo. Sé que se termina con la muerte, de eso no hay duda, pero a veces me invade un fuerte sentimiento que me indica que probablemente muera antes de morir, sea porque finalmente me parta en millones de pedazos o acabe perdiendo la cabeza por completo. De una u otra manera, creo que prefiero ser de las estrellas que explotan bruscamente, ardiendo y resplandeciendo como nunca en el momento previo al final. La idea de perder mi brillo y mis colores para volverme gris, viejo, opaco y seco, dando lugar a la misericordia ajena y a la nostalgia propia e impotente frente a todo lo que fue y nunca podrá volver a ser me aterra a un punto tal de desesperarme.
lunes, 14 de noviembre de 2011
En la soledad absoluta
Una noche de febrero, hace ya varios años atrás, sentado sobre la alfombra y expectante frente a cada uno de los aromas veraniegos que junto con rayos del amanecer inminente se colaban por la ventana de mi pieza, no tuve mejor idea que sumergirme en las más profundas reflexiones sobre el todo, la nada, uno mismo y todo aquello que nos acontece. Pensaba y, mientras lo hacía, ignoraba que en realidad sentía. Los tópicos no tardaron en inclinar la balanza del lado del plato que por entonces me intrigaba sobremanera: uno y la nada, uno y los demás.
Se me ocurrió imaginarme dentro de una estructura circular, justo en el centro, en el interior de una habitación muy oscura y tan pequeña que me costaba moverme, donde la intensidad de lo ausente era tal que apenas podía reconocerse a sí mismo, descubriéndose como un niño desnudo y desamparado. Esa habitación tenía una puerta, simple pero inviolable, que conducía a otro cuarto que, en realidad, era una suerte de pasillo que recorría el perímetro del primero o, visto de otra forma, era una habitación ligeramente más grande que la que contenía. En ella la oscuridad era un concepto imposible; todo era blanco, brillante y pulcro. Caminando allí me veía más grande y vestido. Las paredes exteriores parecían hechas de luz purísima y se presentaban homogéneas excepto por una puerta que conducía a un tercer cuarto, gris, tosco, opaco y sucio, contrastando con su antecesor. Aquí ya me encontraba adulto y abrigado. Cruzando una puerta de madera pude descubrir nuevas habitaciones, contando nueve hasta llegar a un gran portón que conducía al exterior.
La imagen de la estructura me llevó a conjeturas sobre muchas cosas, relacionándola con una ilustración sobre cómo uno es y funciona desde las perspectivas más externas hasta su yo interior. Divisé, entonces, lo terrible: nunca nadie iba a poder pasar al último cuarto. La metáfora me arrastró a concluir que, en el fondo, uno siempre es uno y fuera de eso no existe nada, por mucho que lo queramos, nadie puede llegar a exceder las murallas infranqueables de lo que somos esencialmente y, siendo así, no pude ahuyentar a los pensamientos sobre la soledad.
Todavía estaba sentado sobre la alfombra cuando la emoción me desbordó: pensé en las miradas, en los abrazos, en las palabras y en todo aquello que a fin de cuentas no hacen más que arrastrarnos tomándonos por las orejas y nos arrojan a un pozo sin fondo de mentiras y simulaciones. Pretender lo contrario me resultó imposible y cerrando fuerte los ojos para intentar escapar de esas ideas terribles caí, según puedo suponer hoy en día, en un estado intermedio del sueño. Atacados hasta en lo más sensible mis ojos se convulsionaron y dejaron escapar dos líneas largas de lágrimas, desplomándome la miraba sobre el suelo. Sentí nubes de tormenta dentro mío, el pecho pisado por manadas de elefantes furiosos y la garganta inundada de brebajes calientes, agrios y malignos, ahogándome en complicidad con una mano invisible que clavaba sus dedos fantasmagóricos en mi cuello. Lloré por decenas de razones dibujadas con violencia y pensé que lo único que restaba por hacer era aceptar el abrazo helado de la muerte, el abrazo final. Que nada tenía sentido, que conservarse vivo no era más que obstinarse cruelmente con las exigencias intrascendentes de una existencia simulada.
Entonces apareció.
Algo me alertó que se acercaba. Levanté la vista y, nuevamente, la vi a Ella, ahí sentada frente a mí, mirándome preocupada.
- ¿Por qué estás así?
- Porque todo me resulta irrelevante. Todo lo que soy, todo lo que puedo ser, todo lo que fui, no puedo compartirlo ni hacerlo estallar como me gustaría. Me siento impotente frente a lo que es, que no me permite ser como quiero. Nunca voy a poder mostrarme como me veo ni dejarme abrazar realmente.
- Supiste sobre las puertas: es importante que alcances la idea completa. Tenés la libertad de abrir cuantas puertas quieras, excepto una. Las primeras tres son fáciles, su amplitud le permite pasar a cualquiera. El trío que le sigue es menos accesible, depende de vos en gran medida decidir dejar pasar a alguien, aunque algunos pueden inmiscuirse sin permiso. Las siguientes dos son casi imposibles: vas a tener que determinar, llegado el momento, quién puede acceder y quién no. Probablemente creas que el ingreso es menos restrictivo de lo que parece, pero siempre serás vos quien tenga la palabra final e invite. La última únicamente podés cruzarla solo.
- Entonces disponer de mí mismo como me gustaría es imposible. En definitiva, lo que haga sólo me lleva a situaciones tibias de cualquier manifestación genial. No puedo dar ni me puede ser ofrecido lo que anhelo, la salida por defecto es lo artificial e insípido. Cualquier juego siempre va a estar manchado de imperfección.
- Es inevitable pensar que todo es una farsa orquestada para disimular que estamos increíblemente solos. Todos los abrazos son paliativos y su razón de ser es ocultar esta realidad terrible. Pero es fundamental que sepas también lo siguiente: cuando quieras cruzar a la última habitación, ahí voy a estar. Y cuando te veas de niño, desnudo y encerrado en la oscuridad podés tener la certeza de que estoy con vos. Siempre, aunque todas lo que te rodea se desmorone sobre sí mismo.
Al finalizar de decir esto, me tomó por las mejillas y me secó las lágrimas.
- No llores más, no puedo verte así sin sentir que me parto en pedazos.
Extendió las manos detrás mi nuca y, sujetándome con firmeza, me dio un beso sobre la frente. Luego me miró intensanmente y, abrazándome, me arrojó sobre su hombro. Paulatinamente, sentí cómo mis párpados se volvían pesados y se cerraban.
Desperté con los ojos hinchados y pegajosos cuando el sol del mediodía volvió imposible cualquier plan de sueño, tirado sobre la misma alfombra, en la soledad absoluta.
Se me ocurrió imaginarme dentro de una estructura circular, justo en el centro, en el interior de una habitación muy oscura y tan pequeña que me costaba moverme, donde la intensidad de lo ausente era tal que apenas podía reconocerse a sí mismo, descubriéndose como un niño desnudo y desamparado. Esa habitación tenía una puerta, simple pero inviolable, que conducía a otro cuarto que, en realidad, era una suerte de pasillo que recorría el perímetro del primero o, visto de otra forma, era una habitación ligeramente más grande que la que contenía. En ella la oscuridad era un concepto imposible; todo era blanco, brillante y pulcro. Caminando allí me veía más grande y vestido. Las paredes exteriores parecían hechas de luz purísima y se presentaban homogéneas excepto por una puerta que conducía a un tercer cuarto, gris, tosco, opaco y sucio, contrastando con su antecesor. Aquí ya me encontraba adulto y abrigado. Cruzando una puerta de madera pude descubrir nuevas habitaciones, contando nueve hasta llegar a un gran portón que conducía al exterior.
La imagen de la estructura me llevó a conjeturas sobre muchas cosas, relacionándola con una ilustración sobre cómo uno es y funciona desde las perspectivas más externas hasta su yo interior. Divisé, entonces, lo terrible: nunca nadie iba a poder pasar al último cuarto. La metáfora me arrastró a concluir que, en el fondo, uno siempre es uno y fuera de eso no existe nada, por mucho que lo queramos, nadie puede llegar a exceder las murallas infranqueables de lo que somos esencialmente y, siendo así, no pude ahuyentar a los pensamientos sobre la soledad.
Todavía estaba sentado sobre la alfombra cuando la emoción me desbordó: pensé en las miradas, en los abrazos, en las palabras y en todo aquello que a fin de cuentas no hacen más que arrastrarnos tomándonos por las orejas y nos arrojan a un pozo sin fondo de mentiras y simulaciones. Pretender lo contrario me resultó imposible y cerrando fuerte los ojos para intentar escapar de esas ideas terribles caí, según puedo suponer hoy en día, en un estado intermedio del sueño. Atacados hasta en lo más sensible mis ojos se convulsionaron y dejaron escapar dos líneas largas de lágrimas, desplomándome la miraba sobre el suelo. Sentí nubes de tormenta dentro mío, el pecho pisado por manadas de elefantes furiosos y la garganta inundada de brebajes calientes, agrios y malignos, ahogándome en complicidad con una mano invisible que clavaba sus dedos fantasmagóricos en mi cuello. Lloré por decenas de razones dibujadas con violencia y pensé que lo único que restaba por hacer era aceptar el abrazo helado de la muerte, el abrazo final. Que nada tenía sentido, que conservarse vivo no era más que obstinarse cruelmente con las exigencias intrascendentes de una existencia simulada.
Entonces apareció.
Algo me alertó que se acercaba. Levanté la vista y, nuevamente, la vi a Ella, ahí sentada frente a mí, mirándome preocupada.
- ¿Por qué estás así?
- Porque todo me resulta irrelevante. Todo lo que soy, todo lo que puedo ser, todo lo que fui, no puedo compartirlo ni hacerlo estallar como me gustaría. Me siento impotente frente a lo que es, que no me permite ser como quiero. Nunca voy a poder mostrarme como me veo ni dejarme abrazar realmente.
- Supiste sobre las puertas: es importante que alcances la idea completa. Tenés la libertad de abrir cuantas puertas quieras, excepto una. Las primeras tres son fáciles, su amplitud le permite pasar a cualquiera. El trío que le sigue es menos accesible, depende de vos en gran medida decidir dejar pasar a alguien, aunque algunos pueden inmiscuirse sin permiso. Las siguientes dos son casi imposibles: vas a tener que determinar, llegado el momento, quién puede acceder y quién no. Probablemente creas que el ingreso es menos restrictivo de lo que parece, pero siempre serás vos quien tenga la palabra final e invite. La última únicamente podés cruzarla solo.
- Entonces disponer de mí mismo como me gustaría es imposible. En definitiva, lo que haga sólo me lleva a situaciones tibias de cualquier manifestación genial. No puedo dar ni me puede ser ofrecido lo que anhelo, la salida por defecto es lo artificial e insípido. Cualquier juego siempre va a estar manchado de imperfección.
- Es inevitable pensar que todo es una farsa orquestada para disimular que estamos increíblemente solos. Todos los abrazos son paliativos y su razón de ser es ocultar esta realidad terrible. Pero es fundamental que sepas también lo siguiente: cuando quieras cruzar a la última habitación, ahí voy a estar. Y cuando te veas de niño, desnudo y encerrado en la oscuridad podés tener la certeza de que estoy con vos. Siempre, aunque todas lo que te rodea se desmorone sobre sí mismo.
Al finalizar de decir esto, me tomó por las mejillas y me secó las lágrimas.
- No llores más, no puedo verte así sin sentir que me parto en pedazos.
Extendió las manos detrás mi nuca y, sujetándome con firmeza, me dio un beso sobre la frente. Luego me miró intensanmente y, abrazándome, me arrojó sobre su hombro. Paulatinamente, sentí cómo mis párpados se volvían pesados y se cerraban.
Desperté con los ojos hinchados y pegajosos cuando el sol del mediodía volvió imposible cualquier plan de sueño, tirado sobre la misma alfombra, en la soledad absoluta.
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